El Obsequio Más Bello

DESTELLO

A penas llega el cumpleaños de la persona amada, es de costumbre cavilar sobre el obsequio a otorgar, un obsequio digno de admiración, algo que guste. Ha de ser caro, pues la calidad se refleja en el precio que el artículo posea. Así el ser humano le ha otorgado un valor a cada cosa que crea o encuentra, un valor asignado en tanto al brillo, peso o belleza externa.  Generalmente, un obsequio hermoso simboliza el grado de importancia concedida. Mientras más extravagante, caro o interesante sea, más importante se hace quien recibe y quien da.

Este intercambio material nunca ha faltado en las relaciones humanas. Sin embargo, el valor simbólico del objeto varía según la cultura propia de cada grupo. Para que exista un valor simbólico, debe haber existido también pensamiento, ideas, un complejo punto de partida tras el cual se haya decidido el significado de la representación material. Empero, este reconocimiento, puede nacer tanto de un grupo, como de una relación entre dos personas.

Dado que el valor otorgado nace de un proceso de reflexión, mientras más solícita sea ésta, el símbolo tendrá un valor distinto al comúnmente aplicado. Qué ocurre, entonces, si ésta reflexión parte de la pregunta ¿qué es lo bello?

Lo bello, para los filósofos socráticos y estoicos, distaba mucho del aspecto físico del ser o la cosa;  era pues, lo virtuoso. Estaba dotado de todas aquellas virtudes que el ser humano debía poseer para llegar a la perfección de la propia existencia. La sabiduría y el conocimiento eran la clave para hacerse más bello, pues a través de éstos el hombre podía pisar un plano más profundo, que el de la naturaleza física de él mismo y de su entorno. Un florero, por hermoso que luzca, puede ser inservible y quebrarse fácilmente si su estructura no se pensó para cumplir la función de albergar flores. En cambio, aquel florero cuya estructura sea sólida y propicia para un ramo de flores, podrá albergar miles de ellas, hasta que el uso lo desgaste. Del mismo modo, mientras una persona sea más consciente de su existencia y de él mismo, como ser humano, podrá moverse por un rumbo y con un sentido, podrá ser libre de elegir sobre sí mismo, y podrá conocer la belleza real – interna-, compartiéndola con otros y ayudándolos a existir de forma más libre.

Entonces, regresemos al punto de partida de ésta reflexión sobre los obsequios. El ser amado merece pues, un obsequio bello, con gran valor y significado. El conocimiento y la sabiduría son los medios propicios para llegar a la belleza del ser. Mi ser amado podrá apreciar aquella belleza si le otorgo conocimiento y sabiduría, y si juntos compartimos estos medios, ambos estaremos más cerca de ésta. La sabiduría no se desgasta con el tiempo, más bien perdura, pues no está hecha de materia. Puede compartirse sin límite de tiempo o espacio, convirtiéndose en un obsequio invaluable. Y lo mejor es que no se necesita esperar a que sea el cumpleaños de los seres amados para compartir obsequio tan bello.

Por Jimena Villasante Lajo

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Ignorancia del Futuro

ignorancia

Soy testigo de las circunstancias actuales. Puedo conocer los antecedentes históricos al presente, estudiarlos, e incluso, ser capaz de interpretarlos con coherencia y sentido; no obstante, por meritorio que sea el esfuerzo de tal empatía, me hallo sometido involuntaria e irremediablemente a la condición contingente y temporal de mi materia, la misma que no me permite atestiguar distintas circunstancias a las que tengo por presentes.

La temporalidad de la condición humana plantea un rostro bifrontal. Por un lado, la incertidumbre del futuro propone un reto insuperable a la voluntad racional; al Ser humano no le quedará otra cosa que aceptar con desilusión esta ignorancia inevitable. Contrario a tal desilusión, habrá quienes víctimas de una ignorancia diferente, una más bien presuntuosa, sentenciarán en contrario. Es así, que apoyados en conjeturas, en el mejor de los casos, teóricas o científicas – susceptibles de múltiples variaciones interpretativas – adivinarán en tales tesis la factibilidad de sobrevivir a incertidumbres tales como la del futuro, deformando así el asentimiento a nuestras limitaciones, en la rebeldía contra las mismas.

Por otro lado, aparejada a las dos caras que plantean un conocimiento imposible o posible del futuro, se halla también su alternativa antagónica. La incertidumbre del futuro, propia de un Ser racional seducido por la idea del tiempo, puede también afectar negativamente las expectativas de las circunstancias y de la vida misma, al grado de optarse muchas veces por el autoengaño.

Así, frente al temor a ser rechazado por la persona a quien ama, el amante temeroso optará por nunca revelar sus intenciones, prefiriendo convivir con la duda; de igual modo, por posible que fuera determinar el tiempo de vida de un ser humano, posiblemente muchos optarían por continuar ignorando la fecha de su inminente muerte. Aquí, dado que el conocimiento de las circunstancias futuras depende únicamente de la voluntad humana no puede decirse que tal ignorancia sea inevitable ni que el sujeto actúa presuntuoso ante aquello que ignora, sino más bien, culposamente.

*Estas son algunas reflexiones sobre la ignorancia del futuro a partir de las reflexiones sobre la ignorancia de Ernesto Garzón, publicada en 2001 bajo el nombre de “Filosofía, política, derecho”.

Por Christian Aranda