De La Moral Popular, La Agonía De La Razón Y Una Luz De Esperanza

la moral

La disconformidad con la moral de las muchedumbres constituye, para el aprendiz de filosofía, buen síntoma de que se está avanzando. Aunque confuso pudiera parecer el semblante de aquel muchacho, mucho hay por aprender en su avinagrado gesto. Aquellos que conviven indiferentes al crepitar moderno, habitualmente pasan gran parte de su estancia terrena sin experimentar la angustia existencial que ocasiona el pensamiento.

La evasión a la dificultad es redundante en los espíritus esclavos. Las sombras del Ser acorralan a los más fieros guerreros. En comparación con el desafío de pensar, poco y escaso mérito hay en quien únicamente avoca su profesión a los sometimientos del cuerpo. Escudados en la creencia ciega, y un infundado temor por el castigo divino, hoy por hoy son numerosos quienes ceden su individualidad al poderío de una moral apolillada.

Siglos antes, ya el ateniense que refundó la mayéutica, fue condenado por el infame atrevimiento de cuestionar a la impostora que ocupaba el trono de la Verdad. Aunque muchos confirman que la causa de su muerte fue la vileza de los jueces, no sería absurdo presumir que hoy también le condenarían, aunque por motivo un tanto distinto, como su atormentada inteligencia emocional.

Se guarda floripondio respeto por la memoria de quienes murieron por su causa. Aquellos mártires inmolados por su ideal de paz. Curiosa reacción la del adulador, en cambio, cuando la joven curiosidad de su estudiante dispara una flecha al cielo esperando ver caer un dios. Más brutal aún la reacción de aquel que no tolera al crítico de sus creencias, ante aquel que exige explicación. Como un forúnculo que debiera extirparse con dolor, la avasalladora fiebre moral reclama a la razón que calle. La joven curiosidad es perseguida por los crímenes de intolerancia, insubordinación y personalidad conflictiva. Los pocos que acceden a la meditación crítica deben pasar inadvertidos para no ser capturados. Así es como la Verdad muere: oculta en los bolsillos del cobarde.

El laxo apego del cuerpo a lo concreto ascendió geométricamente hasta normarse en la moralidad y espiritualidad de los cientos de miles de habitantes de la tierra. La evasión a lo abstracto pasó a ser una actitud tan cotidiana, que hoy es viciosa. Occidente devino en la cuna de lo efímero. La poca actividad contemplativa y reflexiva que se ha podido heredar del viejo Sócrates, hoy flota tan quieta y pasiva que apenas se advierte. Los cimientos del prejuicio y las creencias son tan hondas, que sólo aquellas cuestiones que pasen por sus filtros – y desde luego que no pasarán invictas -, podrán no ser consideradas un desafío o un atentado a la moralidad.

Aún así, pareciera ser que bajo el polvo y la roca desgastada de lo que una vez fue templo del conocimiento, un nuevo germen ha venido tomando forma desde sus átomos; imperfecta y fresca, una meditabunda, y aunque chocante generación de jóvenes ha surgido en la Academia de Occidente. Del polvo ha nacido un grupo de estudiantes que divergen contra el rito y la liturgia cotidiana de un presente sin sentido, una orquesta del caos que desentona contra un ritmo que parece no tener significado alguno. Después de todo, la verdad que murió oculta en los bolsillos del cobarde, de las cenizas alza el vuelo en el aliento de los que aún mueren por su causa.

Por Christian Aranda

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