El Ciclo Natural de Romper Sistemas

aguja

Cuánto orgullo siente quien se aferra a sus tradiciones culturales, quien sigue al pie de la letra cada enseñanza dictada por los ancianos de su pueblo o familia. Cuánta alegría, aquellos padres que ven a sus hijos participar de todas las tradiciones por las que ellos también pasaron. Y de esta manera, como un sistema de códigos preestablecidos, caminan generaciones enteras, conservando y siguiendo aquellas legendarias normas, propias de su familia. Sin cuestionarlas, para no faltar el respeto a la sagrada costumbre, las adoptan con gran energía, para en el futuro, sembrarlas en sus hijos.

De pronto, el ordenado y respetado sistema preestablecido de pajares, es interrumpido por una pequeña aguja que atrevidamente, preguntó “por qué”. Y no contenta con cuestionarlo, se detuvo a pensar en seguirlo o no. Aquel atrevimiento merece una seria llamada de atención, y preocupante sería si osara hacerlo de nuevo, juicio justo ha de merecerse con castigo de por medio. Deshonra tal, al pecar por tercera vez, que deberá ser marcado con una cruz indeleble, juzgado y azotado por todos los fieles que no conciben su misma idea.

Y es así como un sistema se ve amenazado por una aguja que osó cuestionarlo. Incierto será el destino de aquella aguja, y también, de aquel sistema. Incierto, pero ha de sufrir cambio alguno, pues tamaño atrevimiento ha de haber costado la duda de unos cuantos pajares.

He aquí una pregunta formulada por alguna aguja en algún pajar: ¿por qué cuestionar una tradición? Ya hemos visto que hacerlo puede cambiar por completo un sistema, ¿pero no es así como han evolucionado las culturas del mundo? Preguntémonos, sin embargo, sobre la naturaleza de una tradición para poder comprenderla. Es pues, un comportamiento seguido por todos los miembros de un grupo durante un largo periodo de tiempo. Debe ser respetada por todos y forma parte de la organización y armonía de dicho clan. Su origen, sin duda, ha de haber tenido un fin orientado al bien común ¿qué es, sino, el bien común, lo que persigue un grupo humano? Este bien común puede ser entendido en infinidad de formas, pues las reflexiones varían de acuerdo a cada persona que conforma la especie humana. Sin embargo, ninguna tradición es perfecta, pues todas han sido cuestionadas.

¿Qué ocurre, entonces, con las tradiciones propias de la naturaleza humana? Un bebé no sobrevive por sí solo, por ello siempre ha de ser cuidado por un adulto. Un hombre siempre tratará de proteger su vida, utilizando todos los medios que posee para conservarla de la mejor manera. No obstante, algo cambia en estas tradiciones. Ese algo es aquello que las vuelve distintas en cada parte del mundo. Ello es la forma en la que son llevadas o actuadas, influida ésta por la interpretación que se le da a cada una.

Esta forma es la que las agujas cuestionan. La raíz, la esencia, está intacta, pues es propia de los humanos. Por lo tanto, también será natural en nosotros, querer acercarnos lo más posible a la realidad de esta esencia, a su perfección. Sin embargo, cambiar aquello forjado de una manera por décadas, produce una de las debilidades más grandes del hombre: el miedo. Miedo al cambio, a desmoronar aquel sistema que los mantenía seguros. Miedo y pereza a adaptarse a algo nuevo, a pensar más que antes, a actuar.

Pero es necesario e inevitable: las formas de concepción e interpretación no son perfectas, por ello cambian en algún momento. Son una manifestación de lo que es perfecto, porque aquello proviene del Ser, y toda manifestación del mismo sufrirá cambios, tendrá errores. De este modo, también será natural el cambio, cuestionarse, encontrar fallas, sin dejar de pagar el precio de hacerlo, pero dejando un legado que dure hasta que alguna aguja, de algún pajar, reactive el ciclo.

Por Jimena Villasante Lajo

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De La Moral Popular, La Agonía De La Razón Y Una Luz De Esperanza

la moral

La disconformidad con la moral de las muchedumbres constituye, para el aprendiz de filosofía, buen síntoma de que se está avanzando. Aunque confuso pudiera parecer el semblante de aquel muchacho, mucho hay por aprender en su avinagrado gesto. Aquellos que conviven indiferentes al crepitar moderno, habitualmente pasan gran parte de su estancia terrena sin experimentar la angustia existencial que ocasiona el pensamiento.

La evasión a la dificultad es redundante en los espíritus esclavos. Las sombras del Ser acorralan a los más fieros guerreros. En comparación con el desafío de pensar, poco y escaso mérito hay en quien únicamente avoca su profesión a los sometimientos del cuerpo. Escudados en la creencia ciega, y un infundado temor por el castigo divino, hoy por hoy son numerosos quienes ceden su individualidad al poderío de una moral apolillada.

Siglos antes, ya el ateniense que refundó la mayéutica, fue condenado por el infame atrevimiento de cuestionar a la impostora que ocupaba el trono de la Verdad. Aunque muchos confirman que la causa de su muerte fue la vileza de los jueces, no sería absurdo presumir que hoy también le condenarían, aunque por motivo un tanto distinto, como su atormentada inteligencia emocional.

Se guarda floripondio respeto por la memoria de quienes murieron por su causa. Aquellos mártires inmolados por su ideal de paz. Curiosa reacción la del adulador, en cambio, cuando la joven curiosidad de su estudiante dispara una flecha al cielo esperando ver caer un dios. Más brutal aún la reacción de aquel que no tolera al crítico de sus creencias, ante aquel que exige explicación. Como un forúnculo que debiera extirparse con dolor, la avasalladora fiebre moral reclama a la razón que calle. La joven curiosidad es perseguida por los crímenes de intolerancia, insubordinación y personalidad conflictiva. Los pocos que acceden a la meditación crítica deben pasar inadvertidos para no ser capturados. Así es como la Verdad muere: oculta en los bolsillos del cobarde.

El laxo apego del cuerpo a lo concreto ascendió geométricamente hasta normarse en la moralidad y espiritualidad de los cientos de miles de habitantes de la tierra. La evasión a lo abstracto pasó a ser una actitud tan cotidiana, que hoy es viciosa. Occidente devino en la cuna de lo efímero. La poca actividad contemplativa y reflexiva que se ha podido heredar del viejo Sócrates, hoy flota tan quieta y pasiva que apenas se advierte. Los cimientos del prejuicio y las creencias son tan hondas, que sólo aquellas cuestiones que pasen por sus filtros – y desde luego que no pasarán invictas -, podrán no ser consideradas un desafío o un atentado a la moralidad.

Aún así, pareciera ser que bajo el polvo y la roca desgastada de lo que una vez fue templo del conocimiento, un nuevo germen ha venido tomando forma desde sus átomos; imperfecta y fresca, una meditabunda, y aunque chocante generación de jóvenes ha surgido en la Academia de Occidente. Del polvo ha nacido un grupo de estudiantes que divergen contra el rito y la liturgia cotidiana de un presente sin sentido, una orquesta del caos que desentona contra un ritmo que parece no tener significado alguno. Después de todo, la verdad que murió oculta en los bolsillos del cobarde, de las cenizas alza el vuelo en el aliento de los que aún mueren por su causa.

Por Christian Aranda