La Esencia Que Nos Une

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En una clase de Procesos Culturales, una estudiante de antropología criticó duramente las prácticas del islam y sus terribles normas morales, especialmente aquellas relacionadas con el trato a la mujer. Fundamentándose en la violación de derechos naturales, como el de la propia vida, esta estudiante no solo observó con severidad aquellas prácticas, sino que llegó a aborrecerlas y a sentir molestia por las personas que las profesaban. Con el tiempo, Penélope, la estudiante, consiguió ser becada en una universidad de prestigio internacional, en la que encontraría jóvenes de todas partes del mundo, entre ellos, de Arabia Saudita.

Tâleb era su nombre, practicaba el islam, y en cuanto Penélope la vio, supo que tendría mucho por refutarle. Con la intención de demostrar sus convicciones y rigurosas críticas sobre su religión y así sentirse la única dueña de la verdad, se acercó a ella y le invitó un café.  Tâleb muy amablemente aceptó. En cuanto empezaron a conversar, la estudiante tomó la misma actitud defensiva y altiva, cuestionando todo y cuanto podía sobre la manera de actuar de Tâleb. Ella, sin embargo, se mostraba muy atenta a lo que la chica decía. La oía hablar sobre lo perversos que eran sus castigos cuando una mujer cometía alguna falta, sobre lo equivocados que estaban al tratar a las mujeres como un objeto, incluso menos valioso de lo que podría valer una pieza de ganado. Criticaba su forma de vestir, cuestionaba el por qué tenían la necesidad de cubrir su rostro y lo que le parecía peor: las mujeres preferían cuidar del hijo y esposo antes que estudiar.

Tâleb la miró con una sonrisa algo tímida. Guardó un poco de silencio y de pronto le dijo: “Tienes razón en criticar todas las costumbres y principios que yo pueda tener, pues estos no son los mismos que tú practicas. Usualmente, criticamos también a occidente y sus costumbres, pero he comprendido que simplemente nacimos en lugares diferentes, con pensamientos y formas de vivir que no tienen más semejanza que la de perpetuar y luchar por las costumbres y principios que le pertenecen a cada uno. No obstante, después de todo, somos iguales. Ambas tenemos posturas que van de acuerdo a lo que cada una cree, y con las que cada una fue criada. Ambas defendemos a capa y espada estas costumbres, e intentamos actuar lo más correctamente posible basándonos en nuestros principios. Sin embargo, aquella igualdad que nos une como seres humanos, va más allá de un velo o una minifalda. Hablo de esa esencia que todos poseemos, y que realmente me gustaría encontrar. Dios nos ha enviado a este mundo por un motivo más grande que nosotros mismos, hay algo que nos trasciende. Quizás la respuesta se encuentre en ese algo capaz de unir seres humanos, pese a las percepciones que cada uno tenga sobre la realidad que lo rodea. Si juntamos esfuerzos e intentamos buscar aquella respuesta, la que nos une y nos da algo en común, tal vez podamos entender el porqué de muchas diferencias, e incluso, tal vez podamos crecer aprendiendo los unos de los otros.”

La estudiante se quedó atónita. Se sentía muy tonta, pues todo lo que ella había hecho hasta ese momento era intentar criticar todo y cuanto pudo sobre aquellas costumbres que no eran las suyas. Defendió a capa y espada sus propios principios y creencias, sin antes cuestionarse sobre ellos, creyendo que los suyos eran superiores a los de cualquier cultura. Se creía dueña de la verdad absoluta, la única que podía decidir si un acto era correcto o incorrecto. Pero Tâleb simplemente aceptó que eran distintas, también intentó encontrar aquella esencia en común que ambas, como seres humanos, podían compartir. Y sabía que no se refería únicamente a cuestiones físicas, pues la esencia viene de algo más profundo que un saco de carne. Aquella religión de la que Tâleb era creyente, la ayudó a llegar a ese plano, aquel que va más allá del nivel físico del hombre. Tal vez la estudiante no practicara la misma religión que Tâleb, pero sí podía comprender la naturaleza de aquella esencia que la musulmana había encontrado en su religión. Y de hecho, si ambas se abrían para compartir y escuchar sus reflexiones, podrían llegar a grandes cuestiones sobre ellas mismas.

Así también, muchos se preguntan sobre la relatividad moral, aquella que algunos defienden y otros, en cambio, cuestionan. Si bien la moral se origina de las costumbres y prácticas culturales, hay ciertas pistas que nos hacen pensar en la igualdad humana. ¿Qué pasaría si todos nos despojamos de nuestros prejuicios y paradigmas? ¿Qué quedaría de nosotros? Ese algo compartido entre todos los seres humanos, es lo que defienden quienes no están de acuerdo con la relatividad moral, descartando todas las formas de relativismo cultural que puedan existir. Los relativistas morales, por el contrario, insisten en que las sociedades humanas no pueden ser idénticas unas a las otras, incluso los propios seres humanos, independientemente de su cultura, no comparten similitudes de ningún tipo entre ellos. Pero entre ambas posturas se encuentra un punto medio: el relativismo condicional. Esta postura sostiene que todas las sociedades tienen maneras distintas de ser, pero incluso con estas diferencias culturales de por medio, hay ciertas semejanzas comunes entre los seres humanos. Estas semejanzas se encuentran en aquella esencia mencionada por Tâleb, aquella que algunas culturas llaman alma, otras espíritu, razón e incluso inconsciente, pero que todos los seres humanos conocen y aceptan.

Despegarse de todos los paradigmas y prejuicios de los que somos presa, incluso de las propias reglas morales que nuestra sociedad nos ha impuesto, no solo puede ayudarnos a comprender el actuar de otras sociedades, sino también, cuestionarnos a nosotros mismos y ser más libres para poder encontrar aquella esencia que todos los hombres tenemos en común.

Por Jimena Villasante Lajo

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