Un Banquete Memorable

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Con mucha cautela y precisión, contaba un aún joven Platón, sobre un banquete especial, con invitados de connotada calidad intelectual. Fuera que tal suceso hubiera ocurrido en realidad o sólo en su mente, lo trascendental de aquel banquete ha sido, sin duda alguna, el simposio que tuvo lugar en casa de Agatón. De aquel fascinante elogio al amor se compusieron poemas y zarzuelas, fábulas y novelas, cortometrajes y canciones, hasta por fin llegar al presente y, tras observar nuestra lamentable situación, es que inventamos una excusa para reflexionar de aquel banquete.

La percepción que del amor se tiene en el presente, desde luego, no es siquiera similar a la que se elogió en aquel banquete. No obstante, pudiendo cambiar aún más la percepción, la cuestión es, si el amor podrá también mutar o ser el mismo, uno y siempre. La moral, que es permisiva al tiempo, ha alterado gradualmente el juicio de aquellos situados en determinado contexto, y con ellos sus percepciones y preguntas sobre las cuestiones más ontológicas del Ser humano.

Es prudente recordar que por aquel entonces, pocas eran las distracciones que sometían al Ser humano; pocas en comparación con las que actualmente esclavizan el presente. Quizá, aquella viciosa tendencia a procurar el poco esfuerzo, muy observable en nuestro tiempo, por entonces era una alternativa inviable para sobrevivir. Acaso, era que tan poco sobre el mundo se tenía por cierto, que la más efectiva tecnología era pues, la práctica de la filosofía.

Las ideas más hermosas existían como prerrogativas de los dioses. De todos ellos, el más bello debió ser Eros. Para estos hombres no era concebible amor más perfecto que el de aquel quien les procuró el don de amarse unos a otros. Un profundo abismo se abría entre un mundo habitado por divinidades y otro por seres humanos. Los segundos, obstinados y negándose a su suerte, concibieron como una posibilidad de palpar lo perfecto, el don del entendimiento. Sería así, la razón, el vehículo capaz de transportar al Ser humano hasta su más hondo anhelo: la perfección.

La razón no concebía al amor sino como un puente entre el mundo material y lo eterno. Era a este amor que se debían las naciones, las sociedades, las familias; era por su gracia que aún la especie permanecía en el tiempo. Por el amor, un Ser humano se uniría a otro, engendrando a uno similar, quien continuaría dándole un sentido a la historia de los hombres. Esta idea residía en cada espíritu y recuerdo, como expresión fundamental de la propia humanidad.

El abismo entre lo eterno y lo finito era inefable. La naturaleza de lo mortal no podría jamás participar de la naturaleza de lo absoluto; empero, así como entre lo frío y lo caliente yace lo tibio, así también el amor existía como un puente que conectaba aquel piélago. En consecuencia, no debía confundirse a Eros con el amor, pues el amor no era divino; asimismo, sería desatinado considerarlo prerrogativa del Ser humano. El amor existía entre ambos, equilibrando a uno y otro.

La naturaleza material del cuerpo, como todo aquello que se compone de materia, evitaría lo que pudiera lastimarlo, y en consecuencia, exterminarlo. La existencia del cuerpo material profesaba una religión individual, cerrada a sí misma, de exclusiva autoconservación. Por otro lado, contrapuesta a la naturaleza humana, aquello que abarcaba lo perfecto sería estable y duradero en el tiempo, sin nada que sacrificar, pues es eterno. Dicha oposición, no obstante, quedaba superada al ingresar en la ecuación la idea del amor. Porque sólo a partir que el Ser humano ama, aquel cuerpo naturalmente egoísta experimentaba el sacrificio en nombre de su especie, se exponía al dolor por aquellos que le importaban y daba la vida por quienes protegía. De otro lado, también por el amor podía vencer a la muerte, dado que el cuerpo podría agotarse, pero el legado perduraría.

Lo memorable del banquete de Agatón, no sólo sería la calidad de sus asistentes como sí la invitación a aquel desconocido que aquella tarde todos elogiaron. El amor del que tanto se hablaría, fue brillantemente explicado por Sócrates, quien abstrajo la complejidad de la idea, al perpetuo y permanente deseo de dar y hacer el bien. El bien referido se identificaba con la belleza que todo ser humano debe procurar alcanzar, ya sea en sí, ya sea en sus acciones.

Cabe decir que el amor, como un puente entre dos polos, aspiraría mejor a lo perfecto en tanto superara la escala del cuerpo. El acto sexual, fuera heterosexual como homosexual, no siempre se relacionaba con el amor, por lo cual se hallaba en el primer escalón que debía superarse. El amor más completo, debía entonces, empezar amando a los cuerpos bellos hasta poder encontrar la bondad en las almas y hacer, a su vez, que éstas participasen de su amor. En aquel momento, el Ser humano sería capaz de ser feliz.

Por Christian Aranda

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