Árbol De Libertad

libertad

Ocurrió por primera vez  mientras yacía sentado bajo el jacarandá de la Universidad. Sentía emoción y curiosidad por ser libre. La primera experiencia con la filosofía, surgió acompañada de la promesa de la libertad intelectual. Sabía que podía desplazarme por donde quisiera, hablar como quisiera, pero tenía también la paradójica certeza de que no pensaba libremente. En la Universidad, cientos de estudiantes egresaban con el mismo discurso ideológico en la mente, y también yo. Algo estaba saliendo mal. Por algún motivo, por feliz que pudiera parecer ver a todos pensando lo mismo, ello no me convencía. Por el contrario, comenzaba a asustarme.

Aquel discurso ideológico lo compartían profesores, administrativos, y cada vez más alumnos. Rememorando un poco, era en los primeros años de carrera, cuando aquel contenido doctrinario se concentraba en cada cátedra dictada con la finalidad de alinear progresivamente a los alumnos. Desde luego, la sociedad se mostraba sonriente con tal  institución. Después de todo, aquellos estudiantes que egresaban eran, a criterio de la moral social, profesionales íntegros y humanos. Pero, ¿y qué si no estaba de acuerdo con serlo de esa manera? No sabía si me estaba cerrando o abriendo. Aún no tenía una idea clara. El espíritu curioso se volvía de sospecha hacia aquella institución educativa y sus estudiantes de pensamiento homogéneo.

En una sociedad de moral idéntica, donde lo correcto para uno es también lo correcto para muchos, la libertad individual se confunde entre las decisiones que toma el Ser humano sobre su vida, sin romper con el pensamiento colectivo, y las decisiones tomadas que cuestionan dicha posición. Tan pronto como aceptamos una moral incuestionable, nuestra idea de libertad queda reducida a la marca de ropa que compramos, o al canal de televisión que nos gusta ver. Reconocemos la conciencia moral como conciencia propia. Adecuamos las reglas de todos a las nuestras, sin preguntar, sin cuestionar.

Poco a poco, de manera más continua, observaba en los pabellones de la facultad decenas de patrones idénticos, entre posturas y opiniones, todas versadas por estudiantes y maestros. Los cuestionamientos que me atrevía a formular, aquellos que en un primer momento suscitaban risas e ironías suspicaces, prontamente devinieron en duras críticas a mis opiniones y a mi persona. En menos de un año ya eran varios quienes no se me acercaban y evitaban conversar conmigo. Yo, por otro lado, no sentía haberme vuelto el monstruo que querían creer que era, sino que sólo estaba pensando distinto.

La experiencia de pensar, a veces de acuerdo aunque otras no, acaba por invitar al individuo a investigar más sobre aquello que duda. Muchas de las conclusiones a las que llega no coinciden con la opinión o creencia que muchos tienen y que la sociedad respeta. Un abismo se ensancha entre el sujeto que pregunta y la sociedad que afirma. Aquel Ser humano insatisfecho se vuelve incomunicable a la moral social, que muchas veces actúa inspirada en ideas injustificadas. Esta sociedad adoctrinada, oportunamente, juzgará al sujeto intimidándolo con la más insoportable y absoluta soledad.

Por aquel tiempo, algunos pocos que me escuchaban comenzaron a dudar también. La pregunta dejó de ser graciosa y comenzó a presionar. Lamentablemente, había pasado de ser una espinilla en la frente a ser una herida en el estómago. No obstante, aún a pesar de la diferencia de discursos, yo seguía comportándome como un estudiante más, pasando inadvertido para cualquiera que no me hubiera visto antes, casi no pareciendo que pensaba distinto.

El Ser humano que juzga los males de una sociedad, que critica la ignorancia y la obediencia sin sentido, pronto queda insatisfecha como pensamiento. La libertad tiene que ejercerse. El sujeto pensante, no se terminará de liberar hasta quebrar con las cadenas morales que le atan. Así, el pensamiento del sujeto comienza a materializarse en sus actos. Sus preguntas empapan al cuerpo, lo cubren. El sujeto que sólo incomoda con sus preguntas, de pronto empieza a indignar con su postura. Los miedos de los hombres se reflejan en la actitud de aquel sujeto. Entonces, la libertad querida paga la factura.

Dejé de esconderme, me aparté de aquel árbol que me daba sombra y calentaba. Comencé a meter preguntas en las cabezas de todos, quería verlos dudar de aquello en que creían. Inesperadamente, aquel acto suicida, si bien fue mal visto por cientos de personas, permitió también que unas pocas me encontrasen y yo a ellas. Las reuniones comenzaron, el número de individuos aumentó. Nos persiguieron, nos cazaron, nos encontraron y nos silenciaron cuantas veces pudieron, y aun así, aquí estamos.

Por Christian Aranda.

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One comment

  1. Lucho Vera · April 14, 2015

    Imposible callar esa voz que algunos tienen en la cabeza, ya que por mas opresion que exista siempre habra alguien con una idea diciendole fuertemente “Porque?”

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