Los Porqués De Nuestra Libertad

caracol

Cada vez que se experimenta algo nuevo, hay que decidir si continuar con ello o dejarlo. Generalmente, cuando éste está sujeto a sensaciones incómodas, inmediatamente se le rechaza y abandona. Pero cuando llega acompañado de sensaciones placenteras – las que son momentáneas – es más fácil continuar con ello, e incluso darle una nueva y vital importancia. ¿Y qué pasa cuando aquella experiencia inicia con frustraciones e incomodidades, pero es necesario enfrentarla para llegar a un estado de bienestar perpetuo? ¿De qué experiencia estamos hablando? No es otra cosa que la experiencia de dudar: pensar, reflexionar y entender. Ésta es aquella que debe pasar quien esté interesado en buscar la verdad. ¿Por qué es tan importante?

Me recuerdo sentada en el pórtico de mi casa tomando sol como un lagarto, observando atentamente la salvaje y extraordinaria vida de los chanchitos de tierra. Precisamente, no era algo que a mi madre le gustara, pues implicaba mucho lodo y un par de manos y codos grises y raspados. Pero lo que experimentaba al contemplar a aquellos seres diminutos era único. Lo mismo ocurría con los caracoles que lentamente avanzaban por los helechos del jardín; aquellos que movían las antenitas cada que el sol salía, como decía la canción: “Caracol, caracol, saca tus cachitos al sol” ¿Por qué se asoman al salir el sol? No bastaba con escuchar y repetir la canción, tenía que averiguarlo. Así como tenía que averiguar cómo reparar mi pequeño piano electrónico cada vez que dejaba de funcionar, por lo que tenía que recurrir a la caja de herramientas de mi padre y sacar un destornillador estrella para los tornillos más pequeños. Era cuestión de ir probando y acomodar cada ficha que no seguía la lógica de las demás, así encontraba la que desarmonizaba y evitaba que haga mis creaciones melódicas. Hoy me pregunto qué hubiera sido de mí si me hubieran prohibido salir al patio o desatornillar mi piano.

Unos años más tarde, esa curiosidad me llevó a querer plasmar todas las ideas que de ella provenían, es allí donde aprendí a dibujar. Las artes plásticas se transformaron en el medio de expresión más fantástico que podía haber descubierto. Pero en algún momento, esa capacidad indagadora se confundió con los sentimientos mismos que utilizaba para expresarme, sentimientos que no necesariamente eran favorables. Apareció el miedo, la frustración, la angustia, la vergüenza. Poco a poco esos caracoles iban quedando en segundo plano y las ideas que corrían libremente por mi cabeza se ocultaron entre toda esa maraña negra de sentimientos. ¿Qué iba a hacer para darme cuenta de ello y detenerlo? Ya era complicado asimilar todos esos cambios nuevos y repentinos, no sabía que me estaba perdiendo en ellos.

Paso bastante tiempo, tiempo que recuerdo con una nube negra y mucha oscuridad, en el que fácilmente pude haberme convertido en un autómata sin pupilas, que seguía a la gente sin saber por qué lo hacía. Aunque había muchas cosas que me seguían pareciendo molestas y de las cuales intentaba hacer un pequeño análisis, nunca pasaba de las preguntas iniciales. ¿Por qué los caracoles sacan sus cachitos al sol? No lo sé, pero es extraño. Todo se quedaba allí, porque “no valía la pena pensar tanto en esas cosas”, debía hacer mis tareas, salir con amigos o preocuparme por mantener el cuarto limpio.  Aun así, muy dentro de mí, sabía que esa pregunta no resuelta me mantendría inquieta. Fue entonces cuando decidí retomar el pensamiento, y leer era la mejor manera de hacerlo. Pero sólo leía y citaba autores, recordaba el argumento del libro, la personalidad de los personajes y hacía críticas de los momentos más intensos, en los que alguien muere o dos personajes se enamoran. Lo mismo: asuntos triviales que no pasan más allá de una explicación obvia.

De pronto, alguien me recordó aquella pregunta que alguna vez hizo mi existencia más significativa: “¿Por qué?”. ¿Por qué había dejado de preguntarme el porqué de todo? ¿En qué momento los asuntos triviales importaron más que la verdadera razón de ser de las cosas? Las primeras respuestas a esos porqués fueron tan catastróficas como las de un hombre que jamás pisó una escuela. Me sentí tan lejana de la realidad que llegué a sentirme avergonzada: ¡esos asuntos siempre habían estado en mis narices y jamás me interesó verlos! Odiaba la realidad  social de mi país, estaba completamente en contra de toda muestra de estupidez humana, de toda mediocridad y forma de corrupción, pero no sabía explicar por qué, bastaba con responder lo que todos. Bastaba con saber que estaba mal. Cuando no pude explicar por qué nuestra sociedad estaba tan mal, entre tartamudeos, me sentí miserable.

He ahí las primeras sensaciones de esa nueva experiencia: frustración, miedo, molestia. Quería salir corriendo y alejarme de todo eso, desear nunca haberme preguntado el “por qué” de los hechos. Pero no podía, ya había retomado lo que hacía con los caracoles. Toda esa inquietud acumulada durante años, no dejaba que cierre los ojos por la noche. Ningún asunto trivial podía borrar esa frustración e inquietud. Entonces busqué maneras para empezar a responder aquellos porqués. Leer más, más cansancio; tratar de explicar un asunto, nudo en la lengua. No podía hablar, no sabía cómo. La experiencia molesta no tenía cuándo acabar. Mientras más pasitos daba, el yunque se hacía más pesado. Cada dos pasos, retrocedía tres. No podía quedarme allí, tenía que enfrentar aquella inquietud o se haría insoportable. No obstante, de pronto empecé a ver el camino más claro. Conocía más cosas y me era más sencillo relacionar un problema con otro. Sin embargo, aún no tenía una opinión propia, pues sólo repetía aquello que me parecía coherente. Seguía sin preguntarme por qué me parecía coherente.

¿Estaba entendiendo realmente lo que leía? Y si lo hacía ¿cómo formulaba una opinión propia al respecto? Decidí empezar tal como lo había hecho con los caracoles, pero aplicando esta técnica a responder las ideas más complejas de cada concepto. Primero tenía que enfrentar aquel miedo que me impedía arriesgarme, incluso, a pensar diferente. Fue entonces cuando sentí en carne propia, la mediocridad con la que había estado viviendo: yo misma me engañaba pensando que todo lo que había conseguido, lo había hecho con mucho esfuerzo. Mi consciencia sabía que no había dado el 100% y, muchas veces, había sido la suerte la que me dio los empujones que debí haber logrado con empeño. Pese a la terrible experiencia de enfrentarme conmigo misma, ya era consciente.  Si podía formular una opinión verdadera sobre mí, ya me sería menos turbio poder hacerlo sobre ideas externas. Fue un concepto abstracto el que elevó en mí aquel coraje naciente. Un concepto que me estaba diciendo lo importante que era luchar por la verdad para poder vivir, existir. Y solo pude entenderlo siendo consciente de su significado.

Así decidí arriesgarme a abstraer ideas más complejas, tomándome, si era necesario, la mitad del día en analizar una sola. Al principio avanzaba lentamente, pero gracias a ello pude construir una base más segura. Así reafirme el importante significado que las tortugas tienen para mí: ellas avanzan con paciencia, lentamente; cargan un gran peso sobre sus hombros, pero ese peso es su propio soporte, su protección, su fortaleza. La consciencia, el conocimiento, la búsqueda de la verdad, nos hace libres. Podemos ejercer nuestra libertad siendo conscientes de todo lo que nos rodea, teniendo un amplio panorama de opciones para elegir. De esta manera, iremos construyendo nuestra propia fortaleza, nuestro propio caparazón.

Por Jimena Villasante Lajo

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