Una Vez Fui Esclavo

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Estoy totalmente incomunicado con el alma. Luego de leer tanto tiempo sobre filosofía, he llegado a la frustrante conclusión de que apenas he alcanzado comprender las nociones ya antes conocidas. Por mérito propio he encontrado respuesta a ciertas cuestiones y, no obstante, parece que sólo estuviera repitiendo lo que todos ya han pensado sobre ello. He comenzado a dudar sobre nuestras posibilidades de avanzar un paso más. Hemos vivido siglos cuestionando lo mismo, y tras cada muro que rompemos, uno más alto y sólido nos reta.

La mente se angustia ante la ausencia de respuestas. Las dudas inquietan al corazón, estimulan el insomnio, el mal humor y quitan el hambre. Entre más cuestiono, más aislado me siento. No me alejo físicamente, sino en otro sentido. Soy capaz de reír y compartir con gracia las experiencias de otros y las mías. Puedo bailar y conversar de tonterías, pero en lo más íntimo e individual de mi persona, soy consciente que nada de ello es verdadero. Luego de una hora de recreo, la realidad comienza a pesar.

Escucho las palabras, pero no estoy seguro de qué dicen. La experiencia de aquellos con quienes converso, a menudo es tan distinta, que no dudo que aunque conversemos en el mismo lenguaje, en realidad no nos decimos nada. Empiezo a pensar que realmente no podemos asimilar el diálogo. Nuestra propia individualidad nos obliga a entender ciertas ideas sólo a luz de nuestra propia experiencia. Por mucho que lo deseara, sé que no soy capaz de ser empático. Sólo soy testigo de mi experiencia, por lo que sólo puedo hablar a partir de ella.

Entre toda esta tormenta existencial, el síntoma de la pereza universal retoma mayor fuerza. Es tan difícil alcanzar un conocimiento de lo importante, lo trascendente o lo perfecto, que la sola idea de enfrentarse a comunicar tales resoluciones, termina de agotar a la mente. Estrellarse a diario con la individualidad de otro Ser humano resignándose a que, a menos que comparta tu experiencia, no podrá entenderte tal y como lo deseas, enferma al ánimo de conversar. Entonces, uno se va volviendo perezoso.

Vuelvo a ver a mis amigos conversando de absolutamente nada relevante. Abstrayendo tan poco en lo dicen, sometiendo el diálogo a lo concreto, que pienso: no se ven tan mal viviendo así. Lo material, lo superficial no exige esfuerzo; es palpable a los sentidos. Es sencillo de comunicar. La probabilidad de que todos entendamos cosas tan elementales, en efecto, parece más factible. No piensan mucho en lo complejo, en consecuencia, su diálogo es sencillo. Lo que buscan está a la mano, sus dudas tienen respuestas alcanzables.

Una amiga me ha invitado a asistir a su Iglesia. Me dice que pensar demasiado puede hacerle daño al hombre. Que las respuestas que busco están resueltas, tales respuestas se encuentran en un texto; dice que me conviene acompañarla. Me aconseja que lo intente; está segura que sólo así dejaré de dudar. Decido aceptar la oferta. Me siento tan angustiado e incomprendido que apenas resisto una conversación. Estoy amargado; soy un pobre diablo que no se deja entender ni entiende a nadie.

Acepto la religión. Acepto sus respuestas. He vuelto a sonreír. Otra vez converso. Son millones de personas las que viven día a día de esta manera. Con ellos puedo charlar. Me pongo en pie y canto. Muchos me observan con sorpresa y alegría. Me he unido a ellos. Los acepto y me aceptan. Ya no dudo. Ahora creo. Siento dicha porque puedo compartir una pizza, una película y la música con otros. Me estoy enamorado de aquella amiga que me invitó a la Iglesia. Tiempo después la hice novia. Estoy enamorado.

Aquella noche le hice el amor en su cuarto. Al término, las cosas no fueron lo que hubiera esperado. Ella se sintió culpable, y me culpó a mí también. Sostuvo que lo que hicimos fue apresurado, que los catequistas sugerían esperar hasta después del matrimonio. Comenzó a gritar que había perdido la pureza por mi culpa. Y yo, confundido y desnudo, quise abrazarla y disculparme, pero ella se opuso. He caminado durante horas. Su celular está apagado. Me angustio. Me desespero. Y entonces, sólo entonces, una sombra del pasado le pregunta a mi cabeza, ¿por qué es pecado?

Dos horas después me olvidé de ella. Comencé a preguntarme cómo fue que llegué a aceptar sentirme culpable por tales actos. Una cuestión llevó a la otra y así, hasta las dudas me abrumaron. Sentí miedo por ello. Tomé el celular y busqué un oído amigo al cual llamar. Desdichadamente, todos mis amigos pensarían igual, por lo que todos me remitirían a lo mismo. Siento como si otra vez anduviera solo.

La noticia ha corrido pronto. Quienes me hablaban ya ni me miran. Con indirectas me sugieren renunciar y tomar distancia de mis amigas. Aquellos que antes me recibieron con abrazos, se han puesto a la defensiva. El fantasma de las navidades pasadas me susurra una palabra, algo incómoda y compleja. Y aunque ya no quiera pensar en ello, es inevitable hacerlo, ¿soy libre?

Varias de las respuestas que últimamente creí ciertas, nunca las descubrí por mí mismo. Sino que las acepté de otros. Fuera por desesperación o debilidad, le entregué mi subjetividad a otra persona, quien ahora tiene suficiente poder sobre mí como para hacerme sentir tan miserable y culpable. Pero, no sólo soy yo quien ha entregado su subjetividad. Aquellos millones que en un tiempo me regocijaron, hoy no puedo no observarlos como víctimas que al igual que a mí, les ha sido arrebatada su propia libertad. Aquellas y aquellos que me juzgan, no lo hacen a partir de sus palabras, sino de una creencia que se les ha impuesto. Es tiempo de renunciar a esto, y aunque me aterra no saber a dónde ir, cualquier duda es mejor que una mentira.

Soy consciente de que sólo he dado el mismo paso en la existencia que otros pocos ya dieron. Sin embargo, el diálogo superficial debe parar. Sé que de momento estoy solo, pero también entiendo que he vuelto a ejercer mi libertad. Tengo que encontrar la manera de liberar  a otros de ese poder que les niega la verdad. Algunos conocidos me exigen tolerancia y respeto a sus creencias. A instantes freno y dejo de hablar. Entonces, nuevamente entiendo que no debo detenerme. Que sin darse cuenta, todos aquellos que me observan con hostilidad, sólo están protegiendo sus cadenas. Aun así, contra su voluntad y con el riesgo de ser vituperado el resto de mi vida, he de liberar a todos cuantos pueda.

Por Christian Aranda

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