Entender al cuerpo

cuerpo

Camino por los tumultuosos pasillos de uno de los centros comerciales más concurridos de la ciudad. Considero que los domingos, especialmente, son los días menos propicios para visitar tiendas. Cuánta molestia siento al encontrarlos tan cargados, tan llenos de gente que camina de un extremo al otro, a paso flojo. Miles de almas atrapadas que parecen disfrutar de aquel borrascoso paisaje lleno de ruido, multitud y luces segadoras. Es como si todos anduvieran en la misma dirección sin notarlo, pues son exactamente idénticos entre sí. Admito haber sido parte de este clan en algún momento, cuando las salidas familiares eran obligatorias y no me quedaba más que caminar entre la multitud, buscando una mesa libre para poder comer chatarra. Sin embargo, gracias al poder de la razón, mi familia optaba por estos lugares como última opción. Pero al estar allí, parecía que el poder multitudinario se hacía cargo de nosotros, empujándonos a seguir al gran manchón de pies extraviados.

Hoy tuve que abandonar el calor de mis sábanas para salir por un poco de carne, pues, por ser domingo, no estaba dispuesta a cocinar. La pesadez de saber que tendría que pasar por aquel bochornoso momento, actuaba como un chicle en el zapato, pero el hambre terminaría por acabar con mi paciencia si no lo apaciguaba. Y el domingo se vio reducido a una sola cosa: mis exigencias corporales en su máxima expresión ¡Incluso éstas se tomaron la molestia de dirigir mis pensamientos! Odio cuando pasa. Pero son parte de mí, es por eso que decidí atender su capricho y empecé a observarlas con mayor detenimiento.

Naturalmente, no es la primera vez que intentan conquistarme. Generalmente estas exigencias se encuentran a flor de piel cuando llegan aquellos mensuales y molestos cambios hormonales. Es una semana dedicada a celebrar el sufrimiento corporal: dolores de cabeza, dolor sub-abdominal, cansancio, sensación de calor, sudor, olores, hambre, ansiedad, y lo peor de todo, cuando lo otro no es controlado, sensibilidad. Asumo que hay mujeres que no la pasan tan mal, pero algunas veces, particularmente, es insoportable. Y una vez más mi atención completa es tomada por el cuerpo. Pero al contemplarlo, algo me dice que todo esto tiene una razón de ser.

Me ha tomado bastante tiempo poder entender la importancia de ser yo quien lo controle y no éste a mí. Las respuestas a esta cuestión pueden encontrarse gracias a la filosofía, la cual prescinde, en parte, del cuerpo, para poder trabajar de la mano de su musa inspiradora: la sabiduría. Ésta proviene de la razón, y la razón preside todo lo que está bajo su mando. Los estoicos fueron quienes resaltaron la importancia del  control corporal para llegar a la máxima expresión del alma. En realidad, no solo exigían el control de las demandas corporales, sino también, el control de todo aquello que sea externo a nosotros y que no vaya de acuerdo a la naturaleza. Lo externo, pues, se trata de todos los bienes que no provienen de nuestro ser, es decir, los que no son bienes del alma, como por ejemplo, el dinero. Un bien del alma, sería pues, la virtud. Podemos controlarla y actuar, o no, en base a ella. Por ser de la naturaleza propia del alma, y por tanto, por poseer sus características, es infinita: no tiene un tiempo de vida determinado, ya que no posee un cuerpo físico. Pero si se tratara de una casa de adobe –un bien material- el análisis categórico es distinto, pues tienen un determinado tiempo de vida y su naturaleza no es la misma que la del alma, ésta es completamente tangible.

Sin embargo, la categorización del terreno biológico del ser humano, es un tanto más compleja. Los estoicos no consideraban al cuerpo del hombre como un bien, ya que éste era únicamente un contenedor para el alma. Lo catalogaban dentro de las cosas preferidas, las cuales pertenecían a un fin sin ser parte de su esencia. Pero aquellos no fueron los únicos en analizar esta importante cuestión. Los antiguos, entre ellos, los peripatéticos, también estudiaban sobre los bienes, dividiéndolos en bienes del alma y  bienes externos, dentro de los cuales consideraban al cuerpo. Ambos son deseables pos sí mismos, empero, los bienes del alma son superiores. Mas estaban los epicúreos, defensores del placer como bien supremo del hombre. Para ellos, satisfacer los deseos y evitar cualquier tipo de dolor, era necesario para encontrar la felicidad. El placer era el sumo bien, el dolor, el mal. Justificaban estas premisas con la experiencia de los animales, al buscar éstos el sumo placer y rechazar el dolor. No obstante, su teoría fue rebatida por muchos, pues al poner sobre las prioridades del hombre la satisfacción del placer, reducían el fin de su existencia a éste, de modo que, incluso las virtudes – como la templanza, la justicia o la verdad-, eran buscadas por el placer que le generaban al hombre. Sin embargo, el placer es, en esencia, sensorial, es decir, es engendrado por los sentidos, y los sentidos le pertenecen al cuerpo, obstaculizando el fin del alma, nublando la vista del hombre y evitando que llegue a su razón -como el no querer levantarme de la cama un domingo- , pues ésta no se encuentra en los sentidos ni se genera gracias a los placeres, ésta solo puede encontrarse adentrándose en el pensamiento, en el nivel intangible del Ser. Importante también es analizar el punto de partida de los epicúreos, pues el hombre difiere de los animales principalmente por la razón, que reflexiona sobre todas las cosas. Cicerón postula que  ésta razón natural hace buscar al hombre la verdad, esto es, lo fiel, lo sincero, lo constante, odiando lo vano, lo falso, lo engañoso. Esta misma razón, que se acomoda más a mandar y no a obedecer, considera que todos los azares humanos son leves y tolerables; nada teme, ante nada cede y siempre está invicta.

Al rechazar el dolor y todo aquello que lo genere –a veces, cuestiones del azar- nace el miedo hacia éste. ¿De qué sirve vivir atemorizado por el dolor si puede llegar, inevitablemente, en cualquier momento? ¿No sería mejor prepararse para el momento de su llegada y así poder superarlo y controlarlo? De hacerlo, no tendríamos que temer por éste, y al llegar, sabríamos como enfrentarlo con tranquilidad. Así podría entender mejor porqué mi cuerpo se pone insoportable cada cierto tiempo, transcurrido un mes. Las molestias no serían impedimento para levantarme de la cama y podría ocupar mi tiempo haciendo algo más productivo, como escribir el siguiente post para Niú & Piú.

Los sabios filósofos separaban al cuerpo del alma porque son de naturalezas distintas. El alma es intangible, así como todo lo que proviene de ella. El cuerpo, en cambio, es tangible. Sin cuerpo, el alma no podría expresarse, y sin alma, el cuerpo no sería más que materia inerte, o andaría sin razón alguna, cual autómata. Imagina si de mí sólo quedaran aquellas molestias corporales propias del periodo menstrual… sería una bestia salvaje que ningún ser estaría dispuesto a soportar. Por ello, nuestra propia naturaleza nos ha proveído de un cuerpo. Éste puede llegar a ser un obstáculo para el conocimiento del alma, pues demanda mucha atención –a veces demasiada- y puede hacer que el hombre se vea influenciado únicamente por el mundo externo, por lo tangible. Pero el cuerpo también es parte del fin del alma. Es por ello que el alma debe manejar al cuerpo de modo que no sea un obstáculo para sí, sino un medio de expresión, así, el cuerpo y el alma estarían en la misma sintonía. Las partes del cuerpo no son deseables por sí mismas, sino por su utilidad, por su deber para con el alma. Éstas, al trabajar de la mano con la razón, pueden alcanzar el fin que persigue el Ser: existir, expresar su perfección[i]. Para que esta sintonía sea posible, el alma no puede subyugarse a cuerpo, pues recordemos que éste es solo un auxiliar. Entonces es el alma, la razón, quien mueve al cuerpo.

Por Jimena Villasante Lajo

[i] “Sócrates afirmaba la inmortalidad del alma de acuerdo a un principio lógico: cada cosa tiene su contrario. El alma trae a la vida aquello a lo que ésta domine, así la vida es propia del alma.   Lo contrario de la vida es la muerte, el alma jamás admitirá lo contrario a lo que ella supone. Así, lo que no acepta lo impar, es par; lo que no acepta lo injusto, es justo; lo que no acepta la muerte, es inmortal. Al ser el alma inmortal, también es perfecta, pues no es propio de su naturaleza corrupción alguna que la lleve al final de su existencia.  Busca expresar su natural  perfección y para ello emplea el cuerpo materializando todo lo que de ella proviene, como las virtudes, las cuales se materializan en actos.” Véase El problema de la causa. La contemplación del universo y su aplicación moral.

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