El problema de la causa. La contemplación del universo y su aplicación moral

escultor

Séneca – Cartas filosóficas

¿Qué lugar ocupamos en el universo? ¿Cuál fue el origen de todo lo que nos rodea? ¿Cuál es el fin de nuestra existencia? Cuestionarse sobre estos detalles de pronto convierte a cada elemento cercano en todo un enigma. Provoca analizar hasta la más pequeña gota de lluvia, las hojas de las plantas o el aire que circula alrededor.

Los filósofos, muchas veces, encuentran las pistas de aquello que buscan contemplando su entorno. Contemplar no sólo es apreciar el paisaje que se tiene en frente: es mirar más allá de lo evidente. Estas pistas buscan responder a los porqués más inquietantes del Ser. Por ejemplo, al contemplar  el proceso que siguen las flores para formarse y crecer, se puede percibir que estas nacen de una semilla, desarrollan raíces y poco a poco van creciendo, hasta que, de ellas se desprenden nuevas semillas que darán fruto a una nueva flor. Sin embargo, contemplarlo implica un análisis un tanto más complejo. La flor vive, ergo, existe. Las semillas, que dan origen a otras flores, solo se desarrollan en flores vivas, jamás en flores muertas. Éstas nuevas flores también existen, dando origen a una nueva flor. Todas mueren, pero una parte de ellas se encuentra en el origen de sus sucesoras. El mismo proceso se le puede adjuntar a un grupo de zorros, a una familia humana o, incluso, a la propia materia inerte como las rocas, ya que de ellas se desprenden sedimentos que dan origen a nuevas formaciones rocosas. Así, al contemplar el origen de una planta, se han descubierto dos cuestiones ingentes de análisis: la continuidad de la materia, lo tangible, y la continuidad de la existencia, lo intangible.

Las preguntas en torno al origen del universo son bastante remotas, con un proceso de contemplación similar al de las plantas. Es, por la propia antigüedad de este proceso, que acciones como la contemplación y el análisis se vuelven sustanciales para el hombre; los filósofos antiguos tomaban al universo como punto de partida para explicar el origen y fin de la existencia humana.

“Estas disquisiciones no son inútiles, elevan al espíritu, cautivo del cuerpo, a la contemplación del universo. De esta manera se conoce el origen y destino de los seres, además prima el espíritu sobre el cuerpo.” (Séneca)

Séneca, estoico romano del siglo I de nuestra era, decía en sus Cartas Filosóficas: “Dios ocupa en el universo el puesto que el alma ocupa en el hombre”.  Los estoicos encontraron una manera de explicar el origen de las cosas y, de esta manera, del universo. Ellos oponían a toda materia inerte una causa dinámica; es decir, cada cosa que podemos percibir, incluso el propio universo, tiene una causa, una razón de ser. Para llegar a esta conclusión, se guiaron de postulados propuestos por los filósofos griegos Aristóteles y Platón.

Aristóteles propone tres causas: la Material, la Forma y la Eficiente, añadiéndole a estas la “causa final”. Platón señala, además, la causa Ejemplar.  Por ejemplo el fin de Dios, para Platón, es una causa Eficiente, ya que éste es la bondad.

La materia yace inerte; la causa (razón) configura la materia, la transforma en el sentido que quiere. Una causa se produce, ya que un principio la produce.  Asimismo, para los estoicos solo existe una causa única: la acción del artífice.

Para una mejor comprensión sobre las causas propuestas, Aristóteles las explica de la siguiente manera:

  • La primera causa es la propia materia
  • La segunda causa es el artífice
  • La tercera causa es la forma que se imprime a cada obra
  • La cuarta causa es el fin de la obra

Como ejemplo tomaremos el caso de El Moisés de Miguel Ángel. Tenemos como primera causa el mármol; como segunda causa, el escultor; como tercera causa, la forma; como cuarta y última causa, el fin de la obra. Sin esta última no se habría elaborado.

Sin embargo, a las causas propuestas por Aristóteles, Platón añade una quinta: la Idea. El mundo de las ideas, para Platón, es aquel en donde se encuentra la esencia de todas las cosas. Por ejemplo, el modelo que el escultor tiene ante la vista, para realizar lo que se propone, es una idea. Este ejemplar es imaginado y constituido por él mismo.

Séneca explica que Dios está lleno de esas ideas. Los hombres perecen, pero la idea de la humanidad, conforme a la cual es modelado el hombre, subsiste, no sufre detrimento.  Sócrates ya había hablado de ello en los diálogos escritos por Platón en “Fedón”, en el siglo V a.C. Él postula que todo  lo que nuestros sentidos perciben es “igual a algo”, pero no “igual en sí” o “idéntico”. Por ejemplo, veremos muchas mesas que nunca serán idénticas una con otra pero sabremos que se trata de una mesa. Esa idea de mesa, la cual llevamos con nosotros, siempre será “igual en sí”, pero todas las mesas que veamos no podrán ser idénticas a aquella idea que solo podemos percibir con el razonamiento o alma.

El filósofo utiliza el proceso de materia y causa para analizar el universo, pero antes, debe hacerlo consigo mismo, debe entender el microcosmos para poder entender el macrocosmos. El alma  puede percibir las ideas porque posee su misma naturaleza. El cuerpo, en cambio, no puede percibir estas ideas, pero sí la materia, medio por el cual éstas se expresan. El alma, entonces, necesita del cuerpo para expresarse. De hecho, todas las ideas necesitan expresarse de alguna manera, si no fuera mediante la materia seria mediante otra cosa, pero no pueden quedarse estáticas, deben ser, existir.  ¿Qué es lo que necesita expresar el alma? Es aquí en donde se encuentra la causa.

Sócrates afirmaba la inmortalidad del alma de acuerdo a un principio lógico: cada cosa tiene su contrario. El alma trae a la vida aquello a lo que ésta domine, así la vida es propia del alma.   Lo contrario de la vida es la muerte, el alma jamás admitirá lo contrario a lo que ella supone. Así, lo que no acepta lo impar, es par; lo que no acepta lo injusto, es justo; lo que no acepta la muerte, es inmortal. Al ser el alma inmortal, también es perfecta, pues no es propio de su naturaleza corrupción alguna que la lleve al final de su existencia.  Busca expresar su natural  perfección y, para ello, emplea el cuerpo materializando todo lo que de ella proviene, como las virtudes, las cuales se materializan en actos.

Por Jimena Villasante Lajo

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