La existencia del hombre

existencia

 

El hombre es un ser sumamente complejo. No solo conforma una pieza complementaria del universo, sino que él mismo maneja un universo propio, que fue, es y será uno de los terrenos de investigación más importantes desde que empezó a cuestionarse sobre su existencia.

Es muy probable que ésta pregunta haya surgido aproximadamente hace 1,6 millones de años, cuando el hombre empezó a caminar más allá del terreno conocido, descubriendo que podía hacer más en el mundo que comer, resguardarse y respirar. Evolutivamente se le ha llamado hombre hábil u homo habilis, y prueba de su existencia física son los fósiles encontrados en diferentes partes de África y Tanzania; en este momento utilizaba  todo cuanto estaba a su alcance y, valiéndose de sus habilidades, también creaba. Así, nacieron las herramientas, las cuales de diferente forma, tamaño y función fueron encontradas junto a los yacimientos de huesos de este hombre y gracias a ellas, se ha podido descubrir su papel como elemento fundamental tanto en su desarrollo biológico como cultural.

El hombre hábil pensaba, ideaba estrategias e imaginaba. Como consecuencia de este proceso, el clan dejó de ser un simple método de supervivencia y adquirió un significado más profundo para él. Tal vez empezó a surgir el concepto de familia, y con este, el rol propio dentro de la misma. De pronto, este hombre se vio experimentando sensaciones distintas: cuando uno de los suyos partía, no se convertía en un simple cadáver abandonado a la deriva, sino que, se transformaba en ausencia, en un alejamiento que traía nostalgia. Era, pues, consciente de que este miembro no lo acompañaría más en la caza, en la supervivencia y en los viajes. ¿Acaso un atisbo de conciencia sobre la existencia?

Varios miles de años después, el razonamiento y la reflexión ya eran “necesidades” ingentes para la vida del hombre, ya que enfrentaba adversidades que no vivía cuando su mundo se limitaba a los árboles. Como esta limitación se rompe, el hombre hábil  no solo cambió su capacidad de razonamiento, con ella también adaptó su cuerpo a esas nuevas necesidades, de modo que su cerebro aumentó, su vello corporal se redujo y su andar se adaptó al suelo, convirtiéndose en un hombre erguido. A esta adaptación debe su nombre científico el homo erectus. Sus métodos de caza requerían mayor organización y ésta se reflejaba en la repartición de labores, de modo que pudo formarse una idea de jerarquía y respeto entre los miembros. Así también, surgió otra idea: la del más allá, ya que sus muertos eran sepultados y este interés ante la muerte pudo comenzar a ocupar un lugar importante entre sus pensamientos. Estos pensamientos abstractos no solo se exteriorizaron en los rituales fúnebres, también aparecieron  la magia y la religión. Con estas abstracciones se vislumbran las primeras luces de lo que hoy conocemos como “arte”, propio de un ser sensible, imaginativo, místico y simbólico que usa elementos naturales para explicar sus emociones y percepciones  sobre él mismo y el mundo que lo rodea. ¿Habría empezado a manifestarse la conciencia sobre uno mismo?

Aparece la cultura. Cada clan o grupo humano tenía costumbres propias que iba compartiendo con otras tribus. Lo maravilloso del mundo prehistórico fue el intercambio cultural que el humano moderno sostuvo con otros homínidos. Así es, existieron más como el hombre actual, y uno de estos grupos humanos fue llamado Neandertal. Los neandertales eran diferentes a nosotros en el aspecto físico, pues tenían rasgos más robustos y solían enfermar con más frecuencia; al parecer llevaban una vida un tanto más dura, pues la mayor parte de las evidencias fósiles muestran graves lesiones óseas, las cuales resultan de diversas enfermedades o golpes. Por estas cuestiones de evolución o adaptación, hoy el intercambio mencionado ya no es posible; sin embargo, éste se pudo comprobar gracias los vestigios materiales que nos dejaron. No solo intercambiaban herramientas, sino también ideas, concepciones, lenguaje, y quien sabe, linaje. El hombre neandertal y el homo sapiens convivieron lo suficiente como para aprender, el uno del otro, a enterrar a sus muertos o a atribuirle un significado espiritual a determinados símbolos, como conchas de mar, hojas, plumas, pieles o huesos.

Se ha especulado mucho sobre el grado de racionalidad de los antiguos homínidos; sin embargo, tras analizar cada informe sobre entierros, manipulación de herramientas y arte, no es necesario hacer mucha reflexión sobre la capacidad que éste tenía para otorgarle un sentido místico o mágico a ciertas circunstancias de su vida.

Naturalmente, el hombre observa el curso de todo lo que le rodea. De esta manera, se pregunta sobre el origen de ciertos fenómenos como la lluvia, los truenos o la noche. Basta despojarse de todos los conocimientos que hoy poseemos para empezar a darle una nueva interpretación a estos acontecimientos. Posiblemente lo primero que surja sean explicaciones basadas a partir de la experiencia personal, como por ejemplo asociar la lluvia con las lágrimas de alguien que está sobre nosotros y que, probablemente, sea de un tamaño mucho mayor al nuestro. Inmediatamente se nos ocurrirá que para que este ser deje de llorar tengamos que intervenir, tal vez dándole regalos o cantándole. Así surge lo que hoy conocemos como mitos, y así también surge la idea de seres superiores o “dioses” que controlan el universo.

Sin embargo, mucho antes de que creencias tan complejas se desarrollaran, regresamos nuevamente a las bases prehistóricas de la religión. Lo único que el hombre conocía eran todos los elementos naturales que lo rodeaban. Los animales, las plantas, las rocas, el viento, el cielo, el agua, el sol, la tierra, y en algún momento, el fuego, se volvieron símbolos místicos importantes que lo acompañaban en cada rutina. El fuego era un elemento muy poderoso, que muchas veces lo protegía y resguardaba de las bestias o el frío, pero también lo castigaba, quemándole y causándole dolor. Tenía que tenerle mucho cuidado y respeto. Esta actitud, para muchos estudiosos en el tema, es denominada como “lo profano y lo sagrado”, términos que explican prohibiciones y reglas determinadas de conducta en actos “rituales” en los que participan todos estos elementos místicos.

La gran cuestión es, ¿en qué momento el ser humano empezó a tener una idea del alma o espíritu? Muchas teorías señalan que este concepto se desarrolló desde el momento en el que aparece la magia. Puede que sea así, puesto que la magia y lo místico se encuentran relacionados con los sueños, los recuerdos y la muerte. En los sueños el ser humano está dentro de un mundo distinto, en el que los muertos regresan, en el que puede ver lo desconocido, e incluso, tener una idea de lo que pasará mañana; allí puede hacer lo que en el mundo real no. Por eso se induce al sueño, con plantas u otros elementos que le permiten “soñar” – o alucinar – para buscar y encontrar respuestas a determinadas incógnitas. No solo busca explicar lo que ocurre a su alrededor, sino también lo que le ocurre a él mismo. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué sueña? ¿Por qué siente? ¿Por qué extraña? Todas estas preguntas existenciales siguen siendo de gran importancia para el desarrollo introspectivo del ser humano. Han sido respondidas de diferentes maneras a través de los años, en grados distintos. Así como el hombre, estas preguntas y respuestas han sufrido una evolución.

Finalmente, las teorías que explican el origen de todas estas preguntas son muchas, no obstante, la cuestión del Ser sigue rondando entre nosotros. Podemos conocer todos los aspectos que relacionan al ser humano con la magia, la religión y el espíritu. Podemos hacer hipótesis a partir de pruebas científicas que nos lleven a responder muchas incógnitas sobre cómo surgieron estos aspectos subjetivos, incluso podemos separar y clasificar cada etapa de la evolución humana. Pero no hay un método científico que nos permita responder el “Quién Soy” o el “Por qué existo”. Para poder iniciar este viaje se debe retornar al inicio. Es necesario olvidar todo lo aprendido y preguntarse cómo explicar lo que no se conoce. Es volver, de alguna manera, a ser un niño, o si se quiere, un hombre prehistórico que recién empieza a conocer el mundo y a conocerse a sí mismo. El ser humano está esbozado para ser consciente, lo que le permite cuestionarse, incluso, sobre su propia consciencia. Pero esta capacidad debe ser atendida, debe ser practicada. No basta con contentarse con aquello que uno repite automáticamente como en las lecciones de primaria, no es suficiente. Es necesario preguntarse  el “por qué” de cada cosa, para llegar al meollo del asunto y comprenderlo.

Por Jimena Villasante Lajo.

 

Referencias:

Drell, J. (2000). Neanderthals: A history of interaction among Neanderthals and early modern human. Oxford Journal of Archeology, 313 – 394.

Malaterre, J. (Dirección). (2001). La odisea de la especie [Película].

Malinowski, B. (1948). Mágia, ciencia y religión. Planeta-Agostini.

Hublin, J. (2009). The origin of neanderthals. PNAS, 16022 – 16027

 

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