¿Por qué Niú & Piú despierta conciencias?

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El ser humano está diseñado para aprender. Tal es así, que aprender no constituye mérito alguno para nosotros; es más, cabría afirmar que el ser humano no puede no aprender, sino que siempre lo estará haciendo dada su condición natural. Sobre esto es preciso señalar que aprender – no repetir – , es consecuencia de entender, lo que a su vez es consecuencia de criticar o juzgar con el pensamiento.

Aunque es discrepante cuál sea la naturaleza del origen, el hecho es que por pequeños que seamos en comparación con el Universo, sólo nosotros somos capaces de pensarlo. Es ahí donde radica nuestra grandeza. Por siglos, el ser humano se ha esforzado por entender, no sólo unas pocas cosas, sino todo. Y no obstante, el universo continúa en expansión mientras nosotros continuamos intentando alcanzarlo, y seguramente así seguiría siendo sino fuera por la muerte.

En efecto, morimos. Al tiempo que surge en nosotros la idea de un origen, surge también la idea del final. Y este final angustia. Al ser humano no le agrada saber que muere, ello le provoca pavor. Entonces, en su inmensa creatividad, el ser humano encuentra un modo de permanecer. Crea el arte, las ciencias y la filosofía; así, con estos intentos de inmortalizarse, el ser humano siente que ha conseguido derrotar a la muerte.

La filosofía pone este hecho por delante. Porque el ser humano es un ser finito, es que se angustia al serle revelado su destino. En aquel momento, la angustia le amenaza con ser nada. La idea de ser nada aterroriza al ser humano. Pero éste no le huye, sino que la enfrenta. Aquel ser situado enfrenta a la idea de la nada, participando conscientemente del presente. Luego, el ser humano cuando comprende la densidad ontológica del ahora, vive.

Llegar a vivir filosóficamente demanda un importante esfuerzo. Ocurre que ese mismo temor que debiera impulsar al ser humano, frecuentemente termina por espantarlo y éste huye. Consecuencia de ello, surge una masa compuesta por quienes prefieren no seguir pensando. Esta masa vive distraída, consumiendo lo que deba consumirse para evitar pensar, y cediendo a unos pocos el poder de hacerlo y decidir por todos. Así, prefieren tener una vida apacible, aunque queden resignados a vivir sin importancia.

Ese poder, que ha colonizado la subjetividad del ser humano, ha preferido también que ya ninguno se haga más las preguntas fundamentales. Y cuidadosamente, con el permiso que le otorgó la masa, ha disminuido las opciones y las divergencias, aniquilando quizá, la libertad más importante y propiamente nuestra: el pensamiento.

El pensamiento requiere libertad para ejercerse, y ésta sólo puede alimentarse por la crítica, la misma que sólo será capaz de ejercer el sujeto crítico. Por ello, este espacio existe como modo de afirmar la subjetividad que aún nos queda. Al hacer esto, asumimos que estamos solos; hemos dejado de pertenecer a la masa y pasado a pertenecernos a nosotros mismos. Esto es lo que la filosofía tiene de revolucionaria y contestataria. Porque creemos que la grandeza del ser humano aún radica en que se rebele contra lo que intentan hacer de él.

 

 

 

 

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