Una Vez Fui Esclavo

b

Estoy totalmente incomunicado con el alma. Luego de leer tanto tiempo sobre filosofía, he llegado a la frustrante conclusión de que apenas he alcanzado comprender las nociones ya antes conocidas. Por mérito propio he encontrado respuesta a ciertas cuestiones y, no obstante, parece que sólo estuviera repitiendo lo que todos ya han pensado sobre ello. He comenzado a dudar sobre nuestras posibilidades de avanzar un paso más. Hemos vivido siglos cuestionando lo mismo, y tras cada muro que rompemos, uno más alto y sólido nos reta.

La mente se angustia ante la ausencia de respuestas. Las dudas inquietan al corazón, estimulan el insomnio, el mal humor y quitan el hambre. Entre más cuestiono, más aislado me siento. No me alejo físicamente, sino en otro sentido. Soy capaz de reír y compartir con gracia las experiencias de otros y las mías. Puedo bailar y conversar de tonterías, pero en lo más íntimo e individual de mi persona, soy consciente que nada de ello es verdadero. Luego de una hora de recreo, la realidad comienza a pesar.

Escucho las palabras, pero no estoy seguro de qué dicen. La experiencia de aquellos con quienes converso, a menudo es tan distinta, que no dudo que aunque conversemos en el mismo lenguaje, en realidad no nos decimos nada. Empiezo a pensar que realmente no podemos asimilar el diálogo. Nuestra propia individualidad nos obliga a entender ciertas ideas sólo a luz de nuestra propia experiencia. Por mucho que lo deseara, sé que no soy capaz de ser empático. Sólo soy testigo de mi experiencia, por lo que sólo puedo hablar a partir de ella.

Entre toda esta tormenta existencial, el síntoma de la pereza universal retoma mayor fuerza. Es tan difícil alcanzar un conocimiento de lo importante, lo trascendente o lo perfecto, que la sola idea de enfrentarse a comunicar tales resoluciones, termina de agotar a la mente. Estrellarse a diario con la individualidad de otro Ser humano resignándose a que, a menos que comparta tu experiencia, no podrá entenderte tal y como lo deseas, enferma al ánimo de conversar. Entonces, uno se va volviendo perezoso.

Vuelvo a ver a mis amigos conversando de absolutamente nada relevante. Abstrayendo tan poco en lo dicen, sometiendo el diálogo a lo concreto, que pienso: no se ven tan mal viviendo así. Lo material, lo superficial no exige esfuerzo; es palpable a los sentidos. Es sencillo de comunicar. La probabilidad de que todos entendamos cosas tan elementales, en efecto, parece más factible. No piensan mucho en lo complejo, en consecuencia, su diálogo es sencillo. Lo que buscan está a la mano, sus dudas tienen respuestas alcanzables.

Una amiga me ha invitado a asistir a su Iglesia. Me dice que pensar demasiado puede hacerle daño al hombre. Que las respuestas que busco están resueltas, tales respuestas se encuentran en un texto; dice que me conviene acompañarla. Me aconseja que lo intente; está segura que sólo así dejaré de dudar. Decido aceptar la oferta. Me siento tan angustiado e incomprendido que apenas resisto una conversación. Estoy amargado; soy un pobre diablo que no se deja entender ni entiende a nadie.

Acepto la religión. Acepto sus respuestas. He vuelto a sonreír. Otra vez converso. Son millones de personas las que viven día a día de esta manera. Con ellos puedo charlar. Me pongo en pie y canto. Muchos me observan con sorpresa y alegría. Me he unido a ellos. Los acepto y me aceptan. Ya no dudo. Ahora creo. Siento dicha porque puedo compartir una pizza, una película y la música con otros. Me estoy enamorado de aquella amiga que me invitó a la Iglesia. Tiempo después la hice novia. Estoy enamorado.

Aquella noche le hice el amor en su cuarto. Al término, las cosas no fueron lo que hubiera esperado. Ella se sintió culpable, y me culpó a mí también. Sostuvo que lo que hicimos fue apresurado, que los catequistas sugerían esperar hasta después del matrimonio. Comenzó a gritar que había perdido la pureza por mi culpa. Y yo, confundido y desnudo, quise abrazarla y disculparme, pero ella se opuso. He caminado durante horas. Su celular está apagado. Me angustio. Me desespero. Y entonces, sólo entonces, una sombra del pasado le pregunta a mi cabeza, ¿por qué es pecado?

Dos horas después me olvidé de ella. Comencé a preguntarme cómo fue que llegué a aceptar sentirme culpable por tales actos. Una cuestión llevó a la otra y así, hasta las dudas me abrumaron. Sentí miedo por ello. Tomé el celular y busqué un oído amigo al cual llamar. Desdichadamente, todos mis amigos pensarían igual, por lo que todos me remitirían a lo mismo. Siento como si otra vez anduviera solo.

La noticia ha corrido pronto. Quienes me hablaban ya ni me miran. Con indirectas me sugieren renunciar y tomar distancia de mis amigas. Aquellos que antes me recibieron con abrazos, se han puesto a la defensiva. El fantasma de las navidades pasadas me susurra una palabra, algo incómoda y compleja. Y aunque ya no quiera pensar en ello, es inevitable hacerlo, ¿soy libre?

Varias de las respuestas que últimamente creí ciertas, nunca las descubrí por mí mismo. Sino que las acepté de otros. Fuera por desesperación o debilidad, le entregué mi subjetividad a otra persona, quien ahora tiene suficiente poder sobre mí como para hacerme sentir tan miserable y culpable. Pero, no sólo soy yo quien ha entregado su subjetividad. Aquellos millones que en un tiempo me regocijaron, hoy no puedo no observarlos como víctimas que al igual que a mí, les ha sido arrebatada su propia libertad. Aquellas y aquellos que me juzgan, no lo hacen a partir de sus palabras, sino de una creencia que se les ha impuesto. Es tiempo de renunciar a esto, y aunque me aterra no saber a dónde ir, cualquier duda es mejor que una mentira.

Soy consciente de que sólo he dado el mismo paso en la existencia que otros pocos ya dieron. Sin embargo, el diálogo superficial debe parar. Sé que de momento estoy solo, pero también entiendo que he vuelto a ejercer mi libertad. Tengo que encontrar la manera de liberar  a otros de ese poder que les niega la verdad. Algunos conocidos me exigen tolerancia y respeto a sus creencias. A instantes freno y dejo de hablar. Entonces, nuevamente entiendo que no debo detenerme. Que sin darse cuenta, todos aquellos que me observan con hostilidad, sólo están protegiendo sus cadenas. Aun así, contra su voluntad y con el riesgo de ser vituperado el resto de mi vida, he de liberar a todos cuantos pueda.

Por Christian Aranda

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Entender al cuerpo

cuerpo

Camino por los tumultuosos pasillos de uno de los centros comerciales más concurridos de la ciudad. Considero que los domingos, especialmente, son los días menos propicios para visitar tiendas. Cuánta molestia siento al encontrarlos tan cargados, tan llenos de gente que camina de un extremo al otro, a paso flojo. Miles de almas atrapadas que parecen disfrutar de aquel borrascoso paisaje lleno de ruido, multitud y luces segadoras. Es como si todos anduvieran en la misma dirección sin notarlo, pues son exactamente idénticos entre sí. Admito haber sido parte de este clan en algún momento, cuando las salidas familiares eran obligatorias y no me quedaba más que caminar entre la multitud, buscando una mesa libre para poder comer chatarra. Sin embargo, gracias al poder de la razón, mi familia optaba por estos lugares como última opción. Pero al estar allí, parecía que el poder multitudinario se hacía cargo de nosotros, empujándonos a seguir al gran manchón de pies extraviados.

Hoy tuve que abandonar el calor de mis sábanas para salir por un poco de carne, pues, por ser domingo, no estaba dispuesta a cocinar. La pesadez de saber que tendría que pasar por aquel bochornoso momento, actuaba como un chicle en el zapato, pero el hambre terminaría por acabar con mi paciencia si no lo apaciguaba. Y el domingo se vio reducido a una sola cosa: mis exigencias corporales en su máxima expresión ¡Incluso éstas se tomaron la molestia de dirigir mis pensamientos! Odio cuando pasa. Pero son parte de mí, es por eso que decidí atender su capricho y empecé a observarlas con mayor detenimiento.

Naturalmente, no es la primera vez que intentan conquistarme. Generalmente estas exigencias se encuentran a flor de piel cuando llegan aquellos mensuales y molestos cambios hormonales. Es una semana dedicada a celebrar el sufrimiento corporal: dolores de cabeza, dolor sub-abdominal, cansancio, sensación de calor, sudor, olores, hambre, ansiedad, y lo peor de todo, cuando lo otro no es controlado, sensibilidad. Asumo que hay mujeres que no la pasan tan mal, pero algunas veces, particularmente, es insoportable. Y una vez más mi atención completa es tomada por el cuerpo. Pero al contemplarlo, algo me dice que todo esto tiene una razón de ser.

Me ha tomado bastante tiempo poder entender la importancia de ser yo quien lo controle y no éste a mí. Las respuestas a esta cuestión pueden encontrarse gracias a la filosofía, la cual prescinde, en parte, del cuerpo, para poder trabajar de la mano de su musa inspiradora: la sabiduría. Ésta proviene de la razón, y la razón preside todo lo que está bajo su mando. Los estoicos fueron quienes resaltaron la importancia del  control corporal para llegar a la máxima expresión del alma. En realidad, no solo exigían el control de las demandas corporales, sino también, el control de todo aquello que sea externo a nosotros y que no vaya de acuerdo a la naturaleza. Lo externo, pues, se trata de todos los bienes que no provienen de nuestro ser, es decir, los que no son bienes del alma, como por ejemplo, el dinero. Un bien del alma, sería pues, la virtud. Podemos controlarla y actuar, o no, en base a ella. Por ser de la naturaleza propia del alma, y por tanto, por poseer sus características, es infinita: no tiene un tiempo de vida determinado, ya que no posee un cuerpo físico. Pero si se tratara de una casa de adobe –un bien material- el análisis categórico es distinto, pues tienen un determinado tiempo de vida y su naturaleza no es la misma que la del alma, ésta es completamente tangible.

Sin embargo, la categorización del terreno biológico del ser humano, es un tanto más compleja. Los estoicos no consideraban al cuerpo del hombre como un bien, ya que éste era únicamente un contenedor para el alma. Lo catalogaban dentro de las cosas preferidas, las cuales pertenecían a un fin sin ser parte de su esencia. Pero aquellos no fueron los únicos en analizar esta importante cuestión. Los antiguos, entre ellos, los peripatéticos, también estudiaban sobre los bienes, dividiéndolos en bienes del alma y  bienes externos, dentro de los cuales consideraban al cuerpo. Ambos son deseables pos sí mismos, empero, los bienes del alma son superiores. Mas estaban los epicúreos, defensores del placer como bien supremo del hombre. Para ellos, satisfacer los deseos y evitar cualquier tipo de dolor, era necesario para encontrar la felicidad. El placer era el sumo bien, el dolor, el mal. Justificaban estas premisas con la experiencia de los animales, al buscar éstos el sumo placer y rechazar el dolor. No obstante, su teoría fue rebatida por muchos, pues al poner sobre las prioridades del hombre la satisfacción del placer, reducían el fin de su existencia a éste, de modo que, incluso las virtudes – como la templanza, la justicia o la verdad-, eran buscadas por el placer que le generaban al hombre. Sin embargo, el placer es, en esencia, sensorial, es decir, es engendrado por los sentidos, y los sentidos le pertenecen al cuerpo, obstaculizando el fin del alma, nublando la vista del hombre y evitando que llegue a su razón -como el no querer levantarme de la cama un domingo- , pues ésta no se encuentra en los sentidos ni se genera gracias a los placeres, ésta solo puede encontrarse adentrándose en el pensamiento, en el nivel intangible del Ser. Importante también es analizar el punto de partida de los epicúreos, pues el hombre difiere de los animales principalmente por la razón, que reflexiona sobre todas las cosas. Cicerón postula que  ésta razón natural hace buscar al hombre la verdad, esto es, lo fiel, lo sincero, lo constante, odiando lo vano, lo falso, lo engañoso. Esta misma razón, que se acomoda más a mandar y no a obedecer, considera que todos los azares humanos son leves y tolerables; nada teme, ante nada cede y siempre está invicta.

Al rechazar el dolor y todo aquello que lo genere –a veces, cuestiones del azar- nace el miedo hacia éste. ¿De qué sirve vivir atemorizado por el dolor si puede llegar, inevitablemente, en cualquier momento? ¿No sería mejor prepararse para el momento de su llegada y así poder superarlo y controlarlo? De hacerlo, no tendríamos que temer por éste, y al llegar, sabríamos como enfrentarlo con tranquilidad. Así podría entender mejor porqué mi cuerpo se pone insoportable cada cierto tiempo, transcurrido un mes. Las molestias no serían impedimento para levantarme de la cama y podría ocupar mi tiempo haciendo algo más productivo, como escribir el siguiente post para Niú & Piú.

Los sabios filósofos separaban al cuerpo del alma porque son de naturalezas distintas. El alma es intangible, así como todo lo que proviene de ella. El cuerpo, en cambio, es tangible. Sin cuerpo, el alma no podría expresarse, y sin alma, el cuerpo no sería más que materia inerte, o andaría sin razón alguna, cual autómata. Imagina si de mí sólo quedaran aquellas molestias corporales propias del periodo menstrual… sería una bestia salvaje que ningún ser estaría dispuesto a soportar. Por ello, nuestra propia naturaleza nos ha proveído de un cuerpo. Éste puede llegar a ser un obstáculo para el conocimiento del alma, pues demanda mucha atención –a veces demasiada- y puede hacer que el hombre se vea influenciado únicamente por el mundo externo, por lo tangible. Pero el cuerpo también es parte del fin del alma. Es por ello que el alma debe manejar al cuerpo de modo que no sea un obstáculo para sí, sino un medio de expresión, así, el cuerpo y el alma estarían en la misma sintonía. Las partes del cuerpo no son deseables por sí mismas, sino por su utilidad, por su deber para con el alma. Éstas, al trabajar de la mano con la razón, pueden alcanzar el fin que persigue el Ser: existir, expresar su perfección[i]. Para que esta sintonía sea posible, el alma no puede subyugarse a cuerpo, pues recordemos que éste es solo un auxiliar. Entonces es el alma, la razón, quien mueve al cuerpo.

Por Jimena Villasante Lajo

[i] “Sócrates afirmaba la inmortalidad del alma de acuerdo a un principio lógico: cada cosa tiene su contrario. El alma trae a la vida aquello a lo que ésta domine, así la vida es propia del alma.   Lo contrario de la vida es la muerte, el alma jamás admitirá lo contrario a lo que ella supone. Así, lo que no acepta lo impar, es par; lo que no acepta lo injusto, es justo; lo que no acepta la muerte, es inmortal. Al ser el alma inmortal, también es perfecta, pues no es propio de su naturaleza corrupción alguna que la lleve al final de su existencia.  Busca expresar su natural  perfección y para ello emplea el cuerpo materializando todo lo que de ella proviene, como las virtudes, las cuales se materializan en actos.” Véase El problema de la causa. La contemplación del universo y su aplicación moral.

Enemistad Con La Ignorancia

virtudes

Corren tiempos lamentables para las generaciones venideras. Tiempos de poco sentido y demasiada certeza. Posiblemente es culpa nuestra. No supimos educar a nuestros chicos, no al menos, en lo que a la virtud respecta. En el marco de esta ilusión a la que llamamos armonía, en donde cada cual hace su vida sin pensar mucho en los demás, deberíamos, una vez más, tomarnos un café con la filosofía.

Hacia la izquierda están los engañados. Los que sucumben ante ideologías y creencias. Éstos que ya no buscan la verdad, no por indiferencia, sino por adoctrinados. Y está aquel otro, a la derecha, que ni busca la certeza ni le importa; los ignorantes convencidos por el circo, los pobres diablos que cual hojas en otoño, se deslizan por el viento. Y en el medio están los pocos, quienes deberíamos decirnos: “me prohíbo estar sólo conmigo. Es necesario llevar también a otros”.

Del Ser humano es la ignorancia su enemiga. Aquella que le convence de lo cierto, es también la que lo vuelve prejuicioso. Estar seguros de aquello o lo otro no es menos peligroso que caer en la penuria de la ignorancia; en ambos casos, el Ser humano se estanca ya sea porque no busca la Verdad, o ya sea que no le plazca hacerlo. Pero, ¿Qué buscamos, pues Señor? – La verdad, amigo mío. Tan sólo la Verdad-. La única Verdad, esa que ha prometido hacerte libre, es esa misma es la que debemos procurar. Esta Verdad no está allá afuera, acaso que es dentro de nosotros donde debemos comenzar. Tal incógnita es una idea y las ideas no se hallan tras un escaparate, sino en nosotros mismos, en nuestra propia tienda. ¡Busca ya esa idea!

La belleza, la perfección, la justicia, en efecto, son también ideas. Éstas no pueden ser cazadas por los hombres que corren tras de ellas, sino por aquellos que descansan un momento, y en soledad, las piensan. Al pensarlas descubren, poco a poco, que son más que la apariencia. Son de naturaleza tan distinta a aquello que los ojos pueden ver. Al Ser humano que las piensa, pronto estas nociones le acorralan y le obligan a dudar. En la duda las encuentra, con esfuerzo las conoce y con vocación, las ama. Porque somos humanos, seres destinados a amar.

Cruel verdad es la nuestra. Pues tal encuentro, entre más real se quiera, más difícil será. ¿Por qué es tan ardua la espera?, ¿Cuánto debemos caminar? Somos seres limitados, imperfectos e incompletos; nuestro destino no es perpetuo, sino mortal. Es por ello tan frustrante contar con tan poco tiempo. Y aun así vale la pena. Porque en nuestra ruin mortalidad somos capaces de pensar lo que es perfecto. La idea de lo perfecto habita en nuestra mente, no por coincidencia, sino por causalidad. Algo eterno yace en nuestra finita existencia, un brote de perfección en la materia. Una excepción que vale la pena investigar.

Por todo esto debe combatirse al ignorante, sin prejuicio ni silencio, acaso con dudas y problemas. Asumir la realidad externa no es un reto para nadie; es tan sensible que la podemos tocar. ¡Son las ideas los verdaderos retos! Aquellas preguntas sin respuestas concretas, aquella interrogante que agobia el camino de hombre por la tierra, pero que a su vez le dignifica, haciéndole merecedor de cada bocanada que respira. Porque el Ser humano no ha venido al mundo a ser víctima del tiempo; éste ha venido a existir y existiendo, a perdurar.

Por Christian Aranda

El problema de la causa. La contemplación del universo y su aplicación moral

escultor

Séneca – Cartas filosóficas

¿Qué lugar ocupamos en el universo? ¿Cuál fue el origen de todo lo que nos rodea? ¿Cuál es el fin de nuestra existencia? Cuestionarse sobre estos detalles de pronto convierte a cada elemento cercano en todo un enigma. Provoca analizar hasta la más pequeña gota de lluvia, las hojas de las plantas o el aire que circula alrededor.

Los filósofos, muchas veces, encuentran las pistas de aquello que buscan contemplando su entorno. Contemplar no sólo es apreciar el paisaje que se tiene en frente: es mirar más allá de lo evidente. Estas pistas buscan responder a los porqués más inquietantes del Ser. Por ejemplo, al contemplar  el proceso que siguen las flores para formarse y crecer, se puede percibir que estas nacen de una semilla, desarrollan raíces y poco a poco van creciendo, hasta que, de ellas se desprenden nuevas semillas que darán fruto a una nueva flor. Sin embargo, contemplarlo implica un análisis un tanto más complejo. La flor vive, ergo, existe. Las semillas, que dan origen a otras flores, solo se desarrollan en flores vivas, jamás en flores muertas. Éstas nuevas flores también existen, dando origen a una nueva flor. Todas mueren, pero una parte de ellas se encuentra en el origen de sus sucesoras. El mismo proceso se le puede adjuntar a un grupo de zorros, a una familia humana o, incluso, a la propia materia inerte como las rocas, ya que de ellas se desprenden sedimentos que dan origen a nuevas formaciones rocosas. Así, al contemplar el origen de una planta, se han descubierto dos cuestiones ingentes de análisis: la continuidad de la materia, lo tangible, y la continuidad de la existencia, lo intangible.

Las preguntas en torno al origen del universo son bastante remotas, con un proceso de contemplación similar al de las plantas. Es, por la propia antigüedad de este proceso, que acciones como la contemplación y el análisis se vuelven sustanciales para el hombre; los filósofos antiguos tomaban al universo como punto de partida para explicar el origen y fin de la existencia humana.

“Estas disquisiciones no son inútiles, elevan al espíritu, cautivo del cuerpo, a la contemplación del universo. De esta manera se conoce el origen y destino de los seres, además prima el espíritu sobre el cuerpo.” (Séneca)

Séneca, estoico romano del siglo I de nuestra era, decía en sus Cartas Filosóficas: “Dios ocupa en el universo el puesto que el alma ocupa en el hombre”.  Los estoicos encontraron una manera de explicar el origen de las cosas y, de esta manera, del universo. Ellos oponían a toda materia inerte una causa dinámica; es decir, cada cosa que podemos percibir, incluso el propio universo, tiene una causa, una razón de ser. Para llegar a esta conclusión, se guiaron de postulados propuestos por los filósofos griegos Aristóteles y Platón.

Aristóteles propone tres causas: la Material, la Forma y la Eficiente, añadiéndole a estas la “causa final”. Platón señala, además, la causa Ejemplar.  Por ejemplo el fin de Dios, para Platón, es una causa Eficiente, ya que éste es la bondad.

La materia yace inerte; la causa (razón) configura la materia, la transforma en el sentido que quiere. Una causa se produce, ya que un principio la produce.  Asimismo, para los estoicos solo existe una causa única: la acción del artífice.

Para una mejor comprensión sobre las causas propuestas, Aristóteles las explica de la siguiente manera:

  • La primera causa es la propia materia
  • La segunda causa es el artífice
  • La tercera causa es la forma que se imprime a cada obra
  • La cuarta causa es el fin de la obra

Como ejemplo tomaremos el caso de El Moisés de Miguel Ángel. Tenemos como primera causa el mármol; como segunda causa, el escultor; como tercera causa, la forma; como cuarta y última causa, el fin de la obra. Sin esta última no se habría elaborado.

Sin embargo, a las causas propuestas por Aristóteles, Platón añade una quinta: la Idea. El mundo de las ideas, para Platón, es aquel en donde se encuentra la esencia de todas las cosas. Por ejemplo, el modelo que el escultor tiene ante la vista, para realizar lo que se propone, es una idea. Este ejemplar es imaginado y constituido por él mismo.

Séneca explica que Dios está lleno de esas ideas. Los hombres perecen, pero la idea de la humanidad, conforme a la cual es modelado el hombre, subsiste, no sufre detrimento.  Sócrates ya había hablado de ello en los diálogos escritos por Platón en “Fedón”, en el siglo V a.C. Él postula que todo  lo que nuestros sentidos perciben es “igual a algo”, pero no “igual en sí” o “idéntico”. Por ejemplo, veremos muchas mesas que nunca serán idénticas una con otra pero sabremos que se trata de una mesa. Esa idea de mesa, la cual llevamos con nosotros, siempre será “igual en sí”, pero todas las mesas que veamos no podrán ser idénticas a aquella idea que solo podemos percibir con el razonamiento o alma.

El filósofo utiliza el proceso de materia y causa para analizar el universo, pero antes, debe hacerlo consigo mismo, debe entender el microcosmos para poder entender el macrocosmos. El alma  puede percibir las ideas porque posee su misma naturaleza. El cuerpo, en cambio, no puede percibir estas ideas, pero sí la materia, medio por el cual éstas se expresan. El alma, entonces, necesita del cuerpo para expresarse. De hecho, todas las ideas necesitan expresarse de alguna manera, si no fuera mediante la materia seria mediante otra cosa, pero no pueden quedarse estáticas, deben ser, existir.  ¿Qué es lo que necesita expresar el alma? Es aquí en donde se encuentra la causa.

Sócrates afirmaba la inmortalidad del alma de acuerdo a un principio lógico: cada cosa tiene su contrario. El alma trae a la vida aquello a lo que ésta domine, así la vida es propia del alma.   Lo contrario de la vida es la muerte, el alma jamás admitirá lo contrario a lo que ella supone. Así, lo que no acepta lo impar, es par; lo que no acepta lo injusto, es justo; lo que no acepta la muerte, es inmortal. Al ser el alma inmortal, también es perfecta, pues no es propio de su naturaleza corrupción alguna que la lleve al final de su existencia.  Busca expresar su natural  perfección y, para ello, emplea el cuerpo materializando todo lo que de ella proviene, como las virtudes, las cuales se materializan en actos.

Por Jimena Villasante Lajo

O Dios O lo perfecto

ratones

La filosofía plantea, como condición de posibilidad, la necesidad de prescindir de Dios. Tal actitud, si bien es discutible, se debe a una cuestión de facto. El punto de partida de la filosofía es la duda, no en cambio, la certeza. La creencia religiosa de un dios o dioses, exige aceptar la existencia de una voluntad o voluntades inteligibles y perfectas, creadoras y hacedoras de lo existente. Y, desde luego, tales afirmaciones antes de ser validadas deben colocarse sobre el tapete del pensamiento. Para ello, es conveniente ilustrar con un ejemplo.

Una semilla de manzano, dependiendo de las condiciones en que se siembre, podrá crecer sanamente o perecer en el proceso; así también, podrá crecer derecho o doblado según se atienda ello. Como puede verse, el manzano se encuentra sometido a circunstancias; no obstante, si hay algo de lo que podríamos estar seguros, es que éste sólo podrá dar manzanas y no, en cambio, ratones.

La historia del manzano permite, a su vez, la abstracción de otras ideas. Por ejemplo, podemos decir que algo es mortal cuando, cuales sean las circunstancias a las que se halle sometido, no puede ser inmortal. Ese mismo razonamiento permite entender que sólo es posible afirmar que algo es infinito, cuando no tiene un límite, y que algo es perfecto cuando, sin lugar a dudas, es contrario a lo imperfecto.

La condición natural del Ser humano es la de un ser limitado, finito y contingente. Es por su naturaleza imperfecta, que por mucho que quiera ser eterno, no le sería posible; menos aún procrear seres eternos. Las redundancias mencionadas tienen como propósito exponer que una cosa sólo puede engendrar lo semejante a lo que se ésta es. Dicho principio, alegremente abrazado por el pensamiento no lo es, en cambio, cuando conviene aplicarse en sentido inverso.

Lo perfecto se encuentra frente al mismo obstáculo que un manzano a la hora de dar ratones. Así como es lógico pensar que nada perfecto puede originarse de lo imperfecto, así también, lo perfecto, por su naturaleza, no puede crear algo imperfecto. Por estos ejercicios racionales es que la mente propone límites a la hora de abordar la cuestión de Dios como supuesto creador del Ser humano. No obstante, una duda aún nos queda sin saldar. Porque si bien es cierto que el Ser humano es incapaz de ser perfecto, también es cierto que dicho Ser si es capaz de pensar la perfección. Pero, a esta cuestión llegaremos cuando toque hablar del alma.

Por Christian Aranda

La existencia del hombre

existencia

 

El hombre es un ser sumamente complejo. No solo conforma una pieza complementaria del universo, sino que él mismo maneja un universo propio, que fue, es y será uno de los terrenos de investigación más importantes desde que empezó a cuestionarse sobre su existencia.

Es muy probable que ésta pregunta haya surgido aproximadamente hace 1,6 millones de años, cuando el hombre empezó a caminar más allá del terreno conocido, descubriendo que podía hacer más en el mundo que comer, resguardarse y respirar. Evolutivamente se le ha llamado hombre hábil u homo habilis, y prueba de su existencia física son los fósiles encontrados en diferentes partes de África y Tanzania; en este momento utilizaba  todo cuanto estaba a su alcance y, valiéndose de sus habilidades, también creaba. Así, nacieron las herramientas, las cuales de diferente forma, tamaño y función fueron encontradas junto a los yacimientos de huesos de este hombre y gracias a ellas, se ha podido descubrir su papel como elemento fundamental tanto en su desarrollo biológico como cultural.

El hombre hábil pensaba, ideaba estrategias e imaginaba. Como consecuencia de este proceso, el clan dejó de ser un simple método de supervivencia y adquirió un significado más profundo para él. Tal vez empezó a surgir el concepto de familia, y con este, el rol propio dentro de la misma. De pronto, este hombre se vio experimentando sensaciones distintas: cuando uno de los suyos partía, no se convertía en un simple cadáver abandonado a la deriva, sino que, se transformaba en ausencia, en un alejamiento que traía nostalgia. Era, pues, consciente de que este miembro no lo acompañaría más en la caza, en la supervivencia y en los viajes. ¿Acaso un atisbo de conciencia sobre la existencia?

Varios miles de años después, el razonamiento y la reflexión ya eran “necesidades” ingentes para la vida del hombre, ya que enfrentaba adversidades que no vivía cuando su mundo se limitaba a los árboles. Como esta limitación se rompe, el hombre hábil  no solo cambió su capacidad de razonamiento, con ella también adaptó su cuerpo a esas nuevas necesidades, de modo que su cerebro aumentó, su vello corporal se redujo y su andar se adaptó al suelo, convirtiéndose en un hombre erguido. A esta adaptación debe su nombre científico el homo erectus. Sus métodos de caza requerían mayor organización y ésta se reflejaba en la repartición de labores, de modo que pudo formarse una idea de jerarquía y respeto entre los miembros. Así también, surgió otra idea: la del más allá, ya que sus muertos eran sepultados y este interés ante la muerte pudo comenzar a ocupar un lugar importante entre sus pensamientos. Estos pensamientos abstractos no solo se exteriorizaron en los rituales fúnebres, también aparecieron  la magia y la religión. Con estas abstracciones se vislumbran las primeras luces de lo que hoy conocemos como “arte”, propio de un ser sensible, imaginativo, místico y simbólico que usa elementos naturales para explicar sus emociones y percepciones  sobre él mismo y el mundo que lo rodea. ¿Habría empezado a manifestarse la conciencia sobre uno mismo?

Aparece la cultura. Cada clan o grupo humano tenía costumbres propias que iba compartiendo con otras tribus. Lo maravilloso del mundo prehistórico fue el intercambio cultural que el humano moderno sostuvo con otros homínidos. Así es, existieron más como el hombre actual, y uno de estos grupos humanos fue llamado Neandertal. Los neandertales eran diferentes a nosotros en el aspecto físico, pues tenían rasgos más robustos y solían enfermar con más frecuencia; al parecer llevaban una vida un tanto más dura, pues la mayor parte de las evidencias fósiles muestran graves lesiones óseas, las cuales resultan de diversas enfermedades o golpes. Por estas cuestiones de evolución o adaptación, hoy el intercambio mencionado ya no es posible; sin embargo, éste se pudo comprobar gracias los vestigios materiales que nos dejaron. No solo intercambiaban herramientas, sino también ideas, concepciones, lenguaje, y quien sabe, linaje. El hombre neandertal y el homo sapiens convivieron lo suficiente como para aprender, el uno del otro, a enterrar a sus muertos o a atribuirle un significado espiritual a determinados símbolos, como conchas de mar, hojas, plumas, pieles o huesos.

Se ha especulado mucho sobre el grado de racionalidad de los antiguos homínidos; sin embargo, tras analizar cada informe sobre entierros, manipulación de herramientas y arte, no es necesario hacer mucha reflexión sobre la capacidad que éste tenía para otorgarle un sentido místico o mágico a ciertas circunstancias de su vida.

Naturalmente, el hombre observa el curso de todo lo que le rodea. De esta manera, se pregunta sobre el origen de ciertos fenómenos como la lluvia, los truenos o la noche. Basta despojarse de todos los conocimientos que hoy poseemos para empezar a darle una nueva interpretación a estos acontecimientos. Posiblemente lo primero que surja sean explicaciones basadas a partir de la experiencia personal, como por ejemplo asociar la lluvia con las lágrimas de alguien que está sobre nosotros y que, probablemente, sea de un tamaño mucho mayor al nuestro. Inmediatamente se nos ocurrirá que para que este ser deje de llorar tengamos que intervenir, tal vez dándole regalos o cantándole. Así surge lo que hoy conocemos como mitos, y así también surge la idea de seres superiores o “dioses” que controlan el universo.

Sin embargo, mucho antes de que creencias tan complejas se desarrollaran, regresamos nuevamente a las bases prehistóricas de la religión. Lo único que el hombre conocía eran todos los elementos naturales que lo rodeaban. Los animales, las plantas, las rocas, el viento, el cielo, el agua, el sol, la tierra, y en algún momento, el fuego, se volvieron símbolos místicos importantes que lo acompañaban en cada rutina. El fuego era un elemento muy poderoso, que muchas veces lo protegía y resguardaba de las bestias o el frío, pero también lo castigaba, quemándole y causándole dolor. Tenía que tenerle mucho cuidado y respeto. Esta actitud, para muchos estudiosos en el tema, es denominada como “lo profano y lo sagrado”, términos que explican prohibiciones y reglas determinadas de conducta en actos “rituales” en los que participan todos estos elementos místicos.

La gran cuestión es, ¿en qué momento el ser humano empezó a tener una idea del alma o espíritu? Muchas teorías señalan que este concepto se desarrolló desde el momento en el que aparece la magia. Puede que sea así, puesto que la magia y lo místico se encuentran relacionados con los sueños, los recuerdos y la muerte. En los sueños el ser humano está dentro de un mundo distinto, en el que los muertos regresan, en el que puede ver lo desconocido, e incluso, tener una idea de lo que pasará mañana; allí puede hacer lo que en el mundo real no. Por eso se induce al sueño, con plantas u otros elementos que le permiten “soñar” – o alucinar – para buscar y encontrar respuestas a determinadas incógnitas. No solo busca explicar lo que ocurre a su alrededor, sino también lo que le ocurre a él mismo. ¿Por qué está aquí? ¿Por qué sueña? ¿Por qué siente? ¿Por qué extraña? Todas estas preguntas existenciales siguen siendo de gran importancia para el desarrollo introspectivo del ser humano. Han sido respondidas de diferentes maneras a través de los años, en grados distintos. Así como el hombre, estas preguntas y respuestas han sufrido una evolución.

Finalmente, las teorías que explican el origen de todas estas preguntas son muchas, no obstante, la cuestión del Ser sigue rondando entre nosotros. Podemos conocer todos los aspectos que relacionan al ser humano con la magia, la religión y el espíritu. Podemos hacer hipótesis a partir de pruebas científicas que nos lleven a responder muchas incógnitas sobre cómo surgieron estos aspectos subjetivos, incluso podemos separar y clasificar cada etapa de la evolución humana. Pero no hay un método científico que nos permita responder el “Quién Soy” o el “Por qué existo”. Para poder iniciar este viaje se debe retornar al inicio. Es necesario olvidar todo lo aprendido y preguntarse cómo explicar lo que no se conoce. Es volver, de alguna manera, a ser un niño, o si se quiere, un hombre prehistórico que recién empieza a conocer el mundo y a conocerse a sí mismo. El ser humano está esbozado para ser consciente, lo que le permite cuestionarse, incluso, sobre su propia consciencia. Pero esta capacidad debe ser atendida, debe ser practicada. No basta con contentarse con aquello que uno repite automáticamente como en las lecciones de primaria, no es suficiente. Es necesario preguntarse  el “por qué” de cada cosa, para llegar al meollo del asunto y comprenderlo.

Por Jimena Villasante Lajo.

 

Referencias:

Drell, J. (2000). Neanderthals: A history of interaction among Neanderthals and early modern human. Oxford Journal of Archeology, 313 – 394.

Malaterre, J. (Dirección). (2001). La odisea de la especie [Película].

Malinowski, B. (1948). Mágia, ciencia y religión. Planeta-Agostini.

Hublin, J. (2009). The origin of neanderthals. PNAS, 16022 – 16027

 

Situar El Pensamiento Filosófico

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El ser humano es grandioso porque piensa. Porque piensa, éste es capaz de significar la realidad, y así darle un sentido a su existencia. Al pensar, el ser humano no hace menos que dar cuenta de su presencia en el mundo real, así como de su papel de sujeto protagonista en un espacio de constantes transformaciones.

En un primer momento, pareciera que la enseñanza de la filosofía, paradójicamente, contrastara con esta grandeza. Lamentablemente, la filosofía que hoy se enseña en no pocas instituciones educativas, consiste en apiñar las ideas más resaltantes de los héroes del pensamiento escogidos, arbitrariamente, por el docente; o peor aún, que tal mezcolanza sea dictaminada por alguna autoridad incompetente. Sobre ello es preciso detenerse un momento y reflexionar un poco.

El pensamiento está situado. Una idea no surge como producto de la pura espontaneidad del pensador, sino que cuando ocurre se encuentra necesariamente influenciada por el espacio y tiempo concretos recreados  por el sujeto pensante. Así, diremos por poner un breve ejemplo, que no hubiera sido posible que Descartes planteara como elemento propio del cógito a la duda, de no haber sido que por aquel entonces las verdades teologales se tenían por irrefutables y a nadie le estaba permitido cuestionarlas. Luego, sin el aporte cartesiano, probablemente el ascenso del Renacimiento hubiera resultado infructuoso, dado que las monarquías seguirían reinando por derecho divino; en consecuencia, en Francia la cabeza de Luis XVI no hubiera rodado, debido a que la lucha popular jamás habría sido puesta en ideas; asimismo, no se habría escrito la Enciclopedia, tampoco Kant conseguiría escribir su Crítica a la Razón Pura y menos aún su Paz Perpetua, etc.

Algunas consecuencias enfermizas que suele traer no enseñar la cátedra de filosofía adecuadamente suele ser que tal educación, por lo general, parezca confusa al estudiante, y que este piense en los filósofos como personas distraídas que andan “cayendo en pozos de agua por ver las estrellas”; cuando en realidad los filósofos han sido y son las personas más atentas y terrenales que puede haber en el mundo.

En ese sentido, sea que se exponga un pensamiento platónico o uno marxista, se debe no sólo hacer comprensible la idea de cada uno –  y luego dejarlos flotando en la mente del estudiante –, sino que dicha enseñanza, necesariamente, debe acompañarse con una coherente explicación de la temporalidad específica en la que se suscitó determinado pensamiento, así como el antes y después del mismo. Sólo así la enseñanza de la filosofía podrá ser adecuadamente validada por el estudiante y la sociedad.

Por Christian Aranda.

Conversaciones Filosóficas

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Se trata del caso de Valentina Maureira, una adolescente chilena de 14 años que padece de fibrosis quística y pide a la presidenta Michelle Bachelet que la deje morir, autorizando la “inyección que la deje dormida para siempre”. Sobre dicho tema se suscita una conversación que versa de la siguiente manera:

PIÚ: Suponiendo que somos capaces de prescindir del prejuicio, y permitirnos dudar de todo, ¿cómo analizaríamos la cuestión de la eutanasia?

NIÚ:  Para responder ello sería preciso preguntarse, ¿cuánto derecho tenemos sobre nuestra propia vida?, ¿estamos permitidos de hacer lo  que queramos con ella?

Creo que uno de los pasos principales para llegar a la respuesta es acercarnos lo más posible a la propia conciencia. Sin embargo, es difícil hacerlo con tantas distracciones externas ¿Cómo empezar a preguntarnos qué somos en realidad cuando elementos como nuestro propio cuerpo demandan tanta atención? y en el caso de una persona enferma, el proceso se complica el triple. Pero ¿cómo esta persona podría tomar una decisión que requiera estar lo más consciente posible, cuando el sufrimiento del cuerpo no la deja hacerlo? Entonces una labor puramente humana sería ayudar a quienes tienen más complicado el encontrar la respuesta a su propia existencia. Si dejamos que este se vaya sin haberse acercado siquiera una milésima a aquella conciencia propia, parte de nuestra labor humana se habría visto frustrada. Peor aún ¿qué pasa si dejamos que una persona tome esta decisión de tamaña importancia sin estar consciente de la respuesta a la primera pregunta mencionada al inicio?

PIÚ: Suponiendo que el alma conoce, y el cuerpo sólo a través de disciplina puede llegar a ser consciente “recordando lo conocido por el alma”, y dado que el diseño humano está presto a aprender, uno podría llegar a resolver que por naturaleza estamos hechos para ser conscientes. Si fuera así, ¿qué posibilidades de ser consciente tendría un ser humano perturbado por los males del cuerpo?

NIÚ: Dado que estamos diseñados para ser conscientes, y aceptando que el cuerpo requiere disciplina para ejercer esta conciencia, entonces las posibilidades de ser consciente un humano enfermo y perturbado por los males físicos, son menores a las de un ser humano que ha logrado disciplinar su cuerpo, puesto que la enfermedad ya acarrea una gran preocupación para el individuo. Por ello me pregunté: ¿qué pasa si dejamos que una persona en tal estado tome una decisión tan grave sin estar lo suficientemente consciente?

PIÚ: Y a eso habría que sumarle la pregunta, ¿qué pasa si dejamos que un ser humano en tal estado tome una decisión tan grave sin estar lo suficientemente consciente y a la vez con una vaga probabilidad de llegar a estarlo? Seguramente habría quien estaría de acuerdo en aferrarse a esa posibilidad, por mínima que sea. Pero de ser ese el caso, ¿bastaría solamente con intervenir en la salud de la persona para prolongar su vida o no apresurar su muerte sin más, o quizá ello sería bueno solamente si a la vez se pudiera ayudar a ese ser humano a alcanzar su estado de consciencia?

NIÚ: Creo que si el fin es ayudar a que la persona alcance su estado de consciencia, entonces valdría más el prolongar su vida si a la vez se pudiera llegar a dicho fin, mas no únicamente prolongar su vida. ¿Cómo hacer que un ser humano en tal estado de enfermedad se interese en llegar al estado de conciencia que necesita para poder decidir sobre su vida?

PIÚ: Si aun sin dolores el ser humano es fácil presa de los sentidos, y sólo se aprende a dominar estos a través el cultivo del “pensar”. Y si sabemos que este “pensar” exige que el sujeto esté tranquilo, que guste de la soledad y así pueda cuestionar su realidad lo más objetivamente posible para poder autoafirmar su libertad subjetiva, ¿de qué manera podría alcanzarse lo que dices, sin intervenir en los dolores del cuerpo artificialmente o sin intervenir en el pavor a la muerte, sin, a la vez, adormecer la mente?

NIÚ: Se complica más la situación, pues para aliviar los dolores y calmar las penas hacen falta sedantes, y con ello se le imposibilitaría la capacidad de pensar. Pero… ¿Y si el ser humano, una vez que está más cerca de la muerte que otros, es más susceptible a cuestionarse sobre su existencia por el mismo hecho de que está a unos pasos de dejarla? ¿y si aprovechando este estado de “reflexión obligada” se le orienta? ¿Cómo un ser humano que está a punto de morir no puede cuestionarse sobre lo que habrá más allá de la muerte, sobre lo que ha hecho en su vida, o sobre su propia existencia?

PIÚ: Ciertamente, la cercanía a la sensación de la muerte es indiscutible, y por ende el ser humano sería más susceptible de abrazarla, pero cuestiono eso que has llamado “reflexión obligada” porque, ¿no es el pensar una actividad personal?, ¿Obligar a alguien a “pensar” no es acaso sujetar al sujeto? Y si mal no recuerdo, ¿Eso ya no lo hace la religión, al operar como un barbitúrico en el “pensar” del ser humano?

NIÚ: Me refería a que el propio ser humano se ve “obligado” por él mismo, pese a sus males físicos, a pensar sobre su existencia.

PIÚ: En todo caso, de existir este ser humano y ser consciente, ¿encontraría en su muerte un mal o un bien?

NIÚ: Probablemente dependerá de cómo llegue a analizar su propia existencia. Tal vez lo primero que analice será todo lo que hizo a lo largo de su vida. Luego lo evaluará, y de estar conforme con ello podría tomar su muerte como un bien. En el caso de darse cuenta que no está conforme, tal vez querrá seguir viviendo y condenará su muerte. No obstante, en el caso de que se diera cuenta que ha tenido que estar a unos pasos de la muerte para ser consciente de su existencia, probablemente la frustración de no haberse puesto a pensar sobre ello en vida le haría encontrar mal en su muerte. O también podría ser que en el caso de ser consciente de la profundidad de su existencia, la muerte le traiga un bien al saber que podrá comprobar la realidad de su alma una vez haya dejado el cuerpo. Sin embargo, para llegar a entender esta última conclusión, creo que el tiempo es necesario, y esta persona tal vez no tendría suficiente tiempo. Puede que solo alcance a llegar a ser consciente de su existencia, pero no pueda terminar de responder al enigma de su muerte.

PIÚ: ¿Podría darse también que en caso de que al darse cuenta que ha tenido que estar a unos pasos de la muerte para ser consciente de su existencia, intuya que estas dos realidades se encuentran conectadas tan cercanamente que una le abre paso a la otra?

NIÚ: ¡Podría darse!, y de ser el caso, entonces abrazaría a la muerte con mejores pensamientos, puesto que la persona estaría más conectada con su existencia.

PIÚ: De ser el caso, bien habría dicho Cervantes:

“Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir…

porque el placer de morir,

no me vuelva a dar la vida”.

¿Por qué Niú & Piú despierta conciencias?

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El ser humano está diseñado para aprender. Tal es así, que aprender no constituye mérito alguno para nosotros; es más, cabría afirmar que el ser humano no puede no aprender, sino que siempre lo estará haciendo dada su condición natural. Sobre esto es preciso señalar que aprender – no repetir – , es consecuencia de entender, lo que a su vez es consecuencia de criticar o juzgar con el pensamiento.

Aunque es discrepante cuál sea la naturaleza del origen, el hecho es que por pequeños que seamos en comparación con el Universo, sólo nosotros somos capaces de pensarlo. Es ahí donde radica nuestra grandeza. Por siglos, el ser humano se ha esforzado por entender, no sólo unas pocas cosas, sino todo. Y no obstante, el universo continúa en expansión mientras nosotros continuamos intentando alcanzarlo, y seguramente así seguiría siendo sino fuera por la muerte.

En efecto, morimos. Al tiempo que surge en nosotros la idea de un origen, surge también la idea del final. Y este final angustia. Al ser humano no le agrada saber que muere, ello le provoca pavor. Entonces, en su inmensa creatividad, el ser humano encuentra un modo de permanecer. Crea el arte, las ciencias y la filosofía; así, con estos intentos de inmortalizarse, el ser humano siente que ha conseguido derrotar a la muerte.

La filosofía pone este hecho por delante. Porque el ser humano es un ser finito, es que se angustia al serle revelado su destino. En aquel momento, la angustia le amenaza con ser nada. La idea de ser nada aterroriza al ser humano. Pero éste no le huye, sino que la enfrenta. Aquel ser situado enfrenta a la idea de la nada, participando conscientemente del presente. Luego, el ser humano cuando comprende la densidad ontológica del ahora, vive.

Llegar a vivir filosóficamente demanda un importante esfuerzo. Ocurre que ese mismo temor que debiera impulsar al ser humano, frecuentemente termina por espantarlo y éste huye. Consecuencia de ello, surge una masa compuesta por quienes prefieren no seguir pensando. Esta masa vive distraída, consumiendo lo que deba consumirse para evitar pensar, y cediendo a unos pocos el poder de hacerlo y decidir por todos. Así, prefieren tener una vida apacible, aunque queden resignados a vivir sin importancia.

Ese poder, que ha colonizado la subjetividad del ser humano, ha preferido también que ya ninguno se haga más las preguntas fundamentales. Y cuidadosamente, con el permiso que le otorgó la masa, ha disminuido las opciones y las divergencias, aniquilando quizá, la libertad más importante y propiamente nuestra: el pensamiento.

El pensamiento requiere libertad para ejercerse, y ésta sólo puede alimentarse por la crítica, la misma que sólo será capaz de ejercer el sujeto crítico. Por ello, este espacio existe como modo de afirmar la subjetividad que aún nos queda. Al hacer esto, asumimos que estamos solos; hemos dejado de pertenecer a la masa y pasado a pertenecernos a nosotros mismos. Esto es lo que la filosofía tiene de revolucionaria y contestataria. Porque creemos que la grandeza del ser humano aún radica en que se rebele contra lo que intentan hacer de él.