El Obsequio Más Bello

DESTELLO

A penas llega el cumpleaños de la persona amada, es de costumbre cavilar sobre el obsequio a otorgar, un obsequio digno de admiración, algo que guste. Ha de ser caro, pues la calidad se refleja en el precio que el artículo posea. Así el ser humano le ha otorgado un valor a cada cosa que crea o encuentra, un valor asignado en tanto al brillo, peso o belleza externa.  Generalmente, un obsequio hermoso simboliza el grado de importancia concedida. Mientras más extravagante, caro o interesante sea, más importante se hace quien recibe y quien da.

Este intercambio material nunca ha faltado en las relaciones humanas. Sin embargo, el valor simbólico del objeto varía según la cultura propia de cada grupo. Para que exista un valor simbólico, debe haber existido también pensamiento, ideas, un complejo punto de partida tras el cual se haya decidido el significado de la representación material. Empero, este reconocimiento, puede nacer tanto de un grupo, como de una relación entre dos personas.

Dado que el valor otorgado nace de un proceso de reflexión, mientras más solícita sea ésta, el símbolo tendrá un valor distinto al comúnmente aplicado. Qué ocurre, entonces, si ésta reflexión parte de la pregunta ¿qué es lo bello?

Lo bello, para los filósofos socráticos y estoicos, distaba mucho del aspecto físico del ser o la cosa;  era pues, lo virtuoso. Estaba dotado de todas aquellas virtudes que el ser humano debía poseer para llegar a la perfección de la propia existencia. La sabiduría y el conocimiento eran la clave para hacerse más bello, pues a través de éstos el hombre podía pisar un plano más profundo, que el de la naturaleza física de él mismo y de su entorno. Un florero, por hermoso que luzca, puede ser inservible y quebrarse fácilmente si su estructura no se pensó para cumplir la función de albergar flores. En cambio, aquel florero cuya estructura sea sólida y propicia para un ramo de flores, podrá albergar miles de ellas, hasta que el uso lo desgaste. Del mismo modo, mientras una persona sea más consciente de su existencia y de él mismo, como ser humano, podrá moverse por un rumbo y con un sentido, podrá ser libre de elegir sobre sí mismo, y podrá conocer la belleza real – interna-, compartiéndola con otros y ayudándolos a existir de forma más libre.

Entonces, regresemos al punto de partida de ésta reflexión sobre los obsequios. El ser amado merece pues, un obsequio bello, con gran valor y significado. El conocimiento y la sabiduría son los medios propicios para llegar a la belleza del ser. Mi ser amado podrá apreciar aquella belleza si le otorgo conocimiento y sabiduría, y si juntos compartimos estos medios, ambos estaremos más cerca de ésta. La sabiduría no se desgasta con el tiempo, más bien perdura, pues no está hecha de materia. Puede compartirse sin límite de tiempo o espacio, convirtiéndose en un obsequio invaluable. Y lo mejor es que no se necesita esperar a que sea el cumpleaños de los seres amados para compartir obsequio tan bello.

Por Jimena Villasante Lajo

Ignorancia del Futuro

ignorancia

Soy testigo de las circunstancias actuales. Puedo conocer los antecedentes históricos al presente, estudiarlos, e incluso, ser capaz de interpretarlos con coherencia y sentido; no obstante, por meritorio que sea el esfuerzo de tal empatía, me hallo sometido involuntaria e irremediablemente a la condición contingente y temporal de mi materia, la misma que no me permite atestiguar distintas circunstancias a las que tengo por presentes.

La temporalidad de la condición humana plantea un rostro bifrontal. Por un lado, la incertidumbre del futuro propone un reto insuperable a la voluntad racional; al Ser humano no le quedará otra cosa que aceptar con desilusión esta ignorancia inevitable. Contrario a tal desilusión, habrá quienes víctimas de una ignorancia diferente, una más bien presuntuosa, sentenciarán en contrario. Es así, que apoyados en conjeturas, en el mejor de los casos, teóricas o científicas – susceptibles de múltiples variaciones interpretativas – adivinarán en tales tesis la factibilidad de sobrevivir a incertidumbres tales como la del futuro, deformando así el asentimiento a nuestras limitaciones, en la rebeldía contra las mismas.

Por otro lado, aparejada a las dos caras que plantean un conocimiento imposible o posible del futuro, se halla también su alternativa antagónica. La incertidumbre del futuro, propia de un Ser racional seducido por la idea del tiempo, puede también afectar negativamente las expectativas de las circunstancias y de la vida misma, al grado de optarse muchas veces por el autoengaño.

Así, frente al temor a ser rechazado por la persona a quien ama, el amante temeroso optará por nunca revelar sus intenciones, prefiriendo convivir con la duda; de igual modo, por posible que fuera determinar el tiempo de vida de un ser humano, posiblemente muchos optarían por continuar ignorando la fecha de su inminente muerte. Aquí, dado que el conocimiento de las circunstancias futuras depende únicamente de la voluntad humana no puede decirse que tal ignorancia sea inevitable ni que el sujeto actúa presuntuoso ante aquello que ignora, sino más bien, culposamente.

*Estas son algunas reflexiones sobre la ignorancia del futuro a partir de las reflexiones sobre la ignorancia de Ernesto Garzón, publicada en 2001 bajo el nombre de “Filosofía, política, derecho”.

Por Christian Aranda

El Ciclo Natural de Romper Sistemas

aguja

Cuánto orgullo siente quien se aferra a sus tradiciones culturales, quien sigue al pie de la letra cada enseñanza dictada por los ancianos de su pueblo o familia. Cuánta alegría, aquellos padres que ven a sus hijos participar de todas las tradiciones por las que ellos también pasaron. Y de esta manera, como un sistema de códigos preestablecidos, caminan generaciones enteras, conservando y siguiendo aquellas legendarias normas, propias de su familia. Sin cuestionarlas, para no faltar el respeto a la sagrada costumbre, las adoptan con gran energía, para en el futuro, sembrarlas en sus hijos.

De pronto, el ordenado y respetado sistema preestablecido de pajares, es interrumpido por una pequeña aguja que atrevidamente, preguntó “por qué”. Y no contenta con cuestionarlo, se detuvo a pensar en seguirlo o no. Aquel atrevimiento merece una seria llamada de atención, y preocupante sería si osara hacerlo de nuevo, juicio justo ha de merecerse con castigo de por medio. Deshonra tal, al pecar por tercera vez, que deberá ser marcado con una cruz indeleble, juzgado y azotado por todos los fieles que no conciben su misma idea.

Y es así como un sistema se ve amenazado por una aguja que osó cuestionarlo. Incierto será el destino de aquella aguja, y también, de aquel sistema. Incierto, pero ha de sufrir cambio alguno, pues tamaño atrevimiento ha de haber costado la duda de unos cuantos pajares.

He aquí una pregunta formulada por alguna aguja en algún pajar: ¿por qué cuestionar una tradición? Ya hemos visto que hacerlo puede cambiar por completo un sistema, ¿pero no es así como han evolucionado las culturas del mundo? Preguntémonos, sin embargo, sobre la naturaleza de una tradición para poder comprenderla. Es pues, un comportamiento seguido por todos los miembros de un grupo durante un largo periodo de tiempo. Debe ser respetada por todos y forma parte de la organización y armonía de dicho clan. Su origen, sin duda, ha de haber tenido un fin orientado al bien común ¿qué es, sino, el bien común, lo que persigue un grupo humano? Este bien común puede ser entendido en infinidad de formas, pues las reflexiones varían de acuerdo a cada persona que conforma la especie humana. Sin embargo, ninguna tradición es perfecta, pues todas han sido cuestionadas.

¿Qué ocurre, entonces, con las tradiciones propias de la naturaleza humana? Un bebé no sobrevive por sí solo, por ello siempre ha de ser cuidado por un adulto. Un hombre siempre tratará de proteger su vida, utilizando todos los medios que posee para conservarla de la mejor manera. No obstante, algo cambia en estas tradiciones. Ese algo es aquello que las vuelve distintas en cada parte del mundo. Ello es la forma en la que son llevadas o actuadas, influida ésta por la interpretación que se le da a cada una.

Esta forma es la que las agujas cuestionan. La raíz, la esencia, está intacta, pues es propia de los humanos. Por lo tanto, también será natural en nosotros, querer acercarnos lo más posible a la realidad de esta esencia, a su perfección. Sin embargo, cambiar aquello forjado de una manera por décadas, produce una de las debilidades más grandes del hombre: el miedo. Miedo al cambio, a desmoronar aquel sistema que los mantenía seguros. Miedo y pereza a adaptarse a algo nuevo, a pensar más que antes, a actuar.

Pero es necesario e inevitable: las formas de concepción e interpretación no son perfectas, por ello cambian en algún momento. Son una manifestación de lo que es perfecto, porque aquello proviene del Ser, y toda manifestación del mismo sufrirá cambios, tendrá errores. De este modo, también será natural el cambio, cuestionarse, encontrar fallas, sin dejar de pagar el precio de hacerlo, pero dejando un legado que dure hasta que alguna aguja, de algún pajar, reactive el ciclo.

Por Jimena Villasante Lajo

De La Moral Popular, La Agonía De La Razón Y Una Luz De Esperanza

la moral

La disconformidad con la moral de las muchedumbres constituye, para el aprendiz de filosofía, buen síntoma de que se está avanzando. Aunque confuso pudiera parecer el semblante de aquel muchacho, mucho hay por aprender en su avinagrado gesto. Aquellos que conviven indiferentes al crepitar moderno, habitualmente pasan gran parte de su estancia terrena sin experimentar la angustia existencial que ocasiona el pensamiento.

La evasión a la dificultad es redundante en los espíritus esclavos. Las sombras del Ser acorralan a los más fieros guerreros. En comparación con el desafío de pensar, poco y escaso mérito hay en quien únicamente avoca su profesión a los sometimientos del cuerpo. Escudados en la creencia ciega, y un infundado temor por el castigo divino, hoy por hoy son numerosos quienes ceden su individualidad al poderío de una moral apolillada.

Siglos antes, ya el ateniense que refundó la mayéutica, fue condenado por el infame atrevimiento de cuestionar a la impostora que ocupaba el trono de la Verdad. Aunque muchos confirman que la causa de su muerte fue la vileza de los jueces, no sería absurdo presumir que hoy también le condenarían, aunque por motivo un tanto distinto, como su atormentada inteligencia emocional.

Se guarda floripondio respeto por la memoria de quienes murieron por su causa. Aquellos mártires inmolados por su ideal de paz. Curiosa reacción la del adulador, en cambio, cuando la joven curiosidad de su estudiante dispara una flecha al cielo esperando ver caer un dios. Más brutal aún la reacción de aquel que no tolera al crítico de sus creencias, ante aquel que exige explicación. Como un forúnculo que debiera extirparse con dolor, la avasalladora fiebre moral reclama a la razón que calle. La joven curiosidad es perseguida por los crímenes de intolerancia, insubordinación y personalidad conflictiva. Los pocos que acceden a la meditación crítica deben pasar inadvertidos para no ser capturados. Así es como la Verdad muere: oculta en los bolsillos del cobarde.

El laxo apego del cuerpo a lo concreto ascendió geométricamente hasta normarse en la moralidad y espiritualidad de los cientos de miles de habitantes de la tierra. La evasión a lo abstracto pasó a ser una actitud tan cotidiana, que hoy es viciosa. Occidente devino en la cuna de lo efímero. La poca actividad contemplativa y reflexiva que se ha podido heredar del viejo Sócrates, hoy flota tan quieta y pasiva que apenas se advierte. Los cimientos del prejuicio y las creencias son tan hondas, que sólo aquellas cuestiones que pasen por sus filtros – y desde luego que no pasarán invictas -, podrán no ser consideradas un desafío o un atentado a la moralidad.

Aún así, pareciera ser que bajo el polvo y la roca desgastada de lo que una vez fue templo del conocimiento, un nuevo germen ha venido tomando forma desde sus átomos; imperfecta y fresca, una meditabunda, y aunque chocante generación de jóvenes ha surgido en la Academia de Occidente. Del polvo ha nacido un grupo de estudiantes que divergen contra el rito y la liturgia cotidiana de un presente sin sentido, una orquesta del caos que desentona contra un ritmo que parece no tener significado alguno. Después de todo, la verdad que murió oculta en los bolsillos del cobarde, de las cenizas alza el vuelo en el aliento de los que aún mueren por su causa.

Por Christian Aranda

La Esencia Que Nos Une

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En una clase de Procesos Culturales, una estudiante de antropología criticó duramente las prácticas del islam y sus terribles normas morales, especialmente aquellas relacionadas con el trato a la mujer. Fundamentándose en la violación de derechos naturales, como el de la propia vida, esta estudiante no solo observó con severidad aquellas prácticas, sino que llegó a aborrecerlas y a sentir molestia por las personas que las profesaban. Con el tiempo, Penélope, la estudiante, consiguió ser becada en una universidad de prestigio internacional, en la que encontraría jóvenes de todas partes del mundo, entre ellos, de Arabia Saudita.

Tâleb era su nombre, practicaba el islam, y en cuanto Penélope la vio, supo que tendría mucho por refutarle. Con la intención de demostrar sus convicciones y rigurosas críticas sobre su religión y así sentirse la única dueña de la verdad, se acercó a ella y le invitó un café.  Tâleb muy amablemente aceptó. En cuanto empezaron a conversar, la estudiante tomó la misma actitud defensiva y altiva, cuestionando todo y cuanto podía sobre la manera de actuar de Tâleb. Ella, sin embargo, se mostraba muy atenta a lo que la chica decía. La oía hablar sobre lo perversos que eran sus castigos cuando una mujer cometía alguna falta, sobre lo equivocados que estaban al tratar a las mujeres como un objeto, incluso menos valioso de lo que podría valer una pieza de ganado. Criticaba su forma de vestir, cuestionaba el por qué tenían la necesidad de cubrir su rostro y lo que le parecía peor: las mujeres preferían cuidar del hijo y esposo antes que estudiar.

Tâleb la miró con una sonrisa algo tímida. Guardó un poco de silencio y de pronto le dijo: “Tienes razón en criticar todas las costumbres y principios que yo pueda tener, pues estos no son los mismos que tú practicas. Usualmente, criticamos también a occidente y sus costumbres, pero he comprendido que simplemente nacimos en lugares diferentes, con pensamientos y formas de vivir que no tienen más semejanza que la de perpetuar y luchar por las costumbres y principios que le pertenecen a cada uno. No obstante, después de todo, somos iguales. Ambas tenemos posturas que van de acuerdo a lo que cada una cree, y con las que cada una fue criada. Ambas defendemos a capa y espada estas costumbres, e intentamos actuar lo más correctamente posible basándonos en nuestros principios. Sin embargo, aquella igualdad que nos une como seres humanos, va más allá de un velo o una minifalda. Hablo de esa esencia que todos poseemos, y que realmente me gustaría encontrar. Dios nos ha enviado a este mundo por un motivo más grande que nosotros mismos, hay algo que nos trasciende. Quizás la respuesta se encuentre en ese algo capaz de unir seres humanos, pese a las percepciones que cada uno tenga sobre la realidad que lo rodea. Si juntamos esfuerzos e intentamos buscar aquella respuesta, la que nos une y nos da algo en común, tal vez podamos entender el porqué de muchas diferencias, e incluso, tal vez podamos crecer aprendiendo los unos de los otros.”

La estudiante se quedó atónita. Se sentía muy tonta, pues todo lo que ella había hecho hasta ese momento era intentar criticar todo y cuanto pudo sobre aquellas costumbres que no eran las suyas. Defendió a capa y espada sus propios principios y creencias, sin antes cuestionarse sobre ellos, creyendo que los suyos eran superiores a los de cualquier cultura. Se creía dueña de la verdad absoluta, la única que podía decidir si un acto era correcto o incorrecto. Pero Tâleb simplemente aceptó que eran distintas, también intentó encontrar aquella esencia en común que ambas, como seres humanos, podían compartir. Y sabía que no se refería únicamente a cuestiones físicas, pues la esencia viene de algo más profundo que un saco de carne. Aquella religión de la que Tâleb era creyente, la ayudó a llegar a ese plano, aquel que va más allá del nivel físico del hombre. Tal vez la estudiante no practicara la misma religión que Tâleb, pero sí podía comprender la naturaleza de aquella esencia que la musulmana había encontrado en su religión. Y de hecho, si ambas se abrían para compartir y escuchar sus reflexiones, podrían llegar a grandes cuestiones sobre ellas mismas.

Así también, muchos se preguntan sobre la relatividad moral, aquella que algunos defienden y otros, en cambio, cuestionan. Si bien la moral se origina de las costumbres y prácticas culturales, hay ciertas pistas que nos hacen pensar en la igualdad humana. ¿Qué pasaría si todos nos despojamos de nuestros prejuicios y paradigmas? ¿Qué quedaría de nosotros? Ese algo compartido entre todos los seres humanos, es lo que defienden quienes no están de acuerdo con la relatividad moral, descartando todas las formas de relativismo cultural que puedan existir. Los relativistas morales, por el contrario, insisten en que las sociedades humanas no pueden ser idénticas unas a las otras, incluso los propios seres humanos, independientemente de su cultura, no comparten similitudes de ningún tipo entre ellos. Pero entre ambas posturas se encuentra un punto medio: el relativismo condicional. Esta postura sostiene que todas las sociedades tienen maneras distintas de ser, pero incluso con estas diferencias culturales de por medio, hay ciertas semejanzas comunes entre los seres humanos. Estas semejanzas se encuentran en aquella esencia mencionada por Tâleb, aquella que algunas culturas llaman alma, otras espíritu, razón e incluso inconsciente, pero que todos los seres humanos conocen y aceptan.

Despegarse de todos los paradigmas y prejuicios de los que somos presa, incluso de las propias reglas morales que nuestra sociedad nos ha impuesto, no solo puede ayudarnos a comprender el actuar de otras sociedades, sino también, cuestionarnos a nosotros mismos y ser más libres para poder encontrar aquella esencia que todos los hombres tenemos en común.

Por Jimena Villasante Lajo

Un Banquete Memorable

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Con mucha cautela y precisión, contaba un aún joven Platón, sobre un banquete especial, con invitados de connotada calidad intelectual. Fuera que tal suceso hubiera ocurrido en realidad o sólo en su mente, lo trascendental de aquel banquete ha sido, sin duda alguna, el simposio que tuvo lugar en casa de Agatón. De aquel fascinante elogio al amor se compusieron poemas y zarzuelas, fábulas y novelas, cortometrajes y canciones, hasta por fin llegar al presente y, tras observar nuestra lamentable situación, es que inventamos una excusa para reflexionar de aquel banquete.

La percepción que del amor se tiene en el presente, desde luego, no es siquiera similar a la que se elogió en aquel banquete. No obstante, pudiendo cambiar aún más la percepción, la cuestión es, si el amor podrá también mutar o ser el mismo, uno y siempre. La moral, que es permisiva al tiempo, ha alterado gradualmente el juicio de aquellos situados en determinado contexto, y con ellos sus percepciones y preguntas sobre las cuestiones más ontológicas del Ser humano.

Es prudente recordar que por aquel entonces, pocas eran las distracciones que sometían al Ser humano; pocas en comparación con las que actualmente esclavizan el presente. Quizá, aquella viciosa tendencia a procurar el poco esfuerzo, muy observable en nuestro tiempo, por entonces era una alternativa inviable para sobrevivir. Acaso, era que tan poco sobre el mundo se tenía por cierto, que la más efectiva tecnología era pues, la práctica de la filosofía.

Las ideas más hermosas existían como prerrogativas de los dioses. De todos ellos, el más bello debió ser Eros. Para estos hombres no era concebible amor más perfecto que el de aquel quien les procuró el don de amarse unos a otros. Un profundo abismo se abría entre un mundo habitado por divinidades y otro por seres humanos. Los segundos, obstinados y negándose a su suerte, concibieron como una posibilidad de palpar lo perfecto, el don del entendimiento. Sería así, la razón, el vehículo capaz de transportar al Ser humano hasta su más hondo anhelo: la perfección.

La razón no concebía al amor sino como un puente entre el mundo material y lo eterno. Era a este amor que se debían las naciones, las sociedades, las familias; era por su gracia que aún la especie permanecía en el tiempo. Por el amor, un Ser humano se uniría a otro, engendrando a uno similar, quien continuaría dándole un sentido a la historia de los hombres. Esta idea residía en cada espíritu y recuerdo, como expresión fundamental de la propia humanidad.

El abismo entre lo eterno y lo finito era inefable. La naturaleza de lo mortal no podría jamás participar de la naturaleza de lo absoluto; empero, así como entre lo frío y lo caliente yace lo tibio, así también el amor existía como un puente que conectaba aquel piélago. En consecuencia, no debía confundirse a Eros con el amor, pues el amor no era divino; asimismo, sería desatinado considerarlo prerrogativa del Ser humano. El amor existía entre ambos, equilibrando a uno y otro.

La naturaleza material del cuerpo, como todo aquello que se compone de materia, evitaría lo que pudiera lastimarlo, y en consecuencia, exterminarlo. La existencia del cuerpo material profesaba una religión individual, cerrada a sí misma, de exclusiva autoconservación. Por otro lado, contrapuesta a la naturaleza humana, aquello que abarcaba lo perfecto sería estable y duradero en el tiempo, sin nada que sacrificar, pues es eterno. Dicha oposición, no obstante, quedaba superada al ingresar en la ecuación la idea del amor. Porque sólo a partir que el Ser humano ama, aquel cuerpo naturalmente egoísta experimentaba el sacrificio en nombre de su especie, se exponía al dolor por aquellos que le importaban y daba la vida por quienes protegía. De otro lado, también por el amor podía vencer a la muerte, dado que el cuerpo podría agotarse, pero el legado perduraría.

Lo memorable del banquete de Agatón, no sólo sería la calidad de sus asistentes como sí la invitación a aquel desconocido que aquella tarde todos elogiaron. El amor del que tanto se hablaría, fue brillantemente explicado por Sócrates, quien abstrajo la complejidad de la idea, al perpetuo y permanente deseo de dar y hacer el bien. El bien referido se identificaba con la belleza que todo ser humano debe procurar alcanzar, ya sea en sí, ya sea en sus acciones.

Cabe decir que el amor, como un puente entre dos polos, aspiraría mejor a lo perfecto en tanto superara la escala del cuerpo. El acto sexual, fuera heterosexual como homosexual, no siempre se relacionaba con el amor, por lo cual se hallaba en el primer escalón que debía superarse. El amor más completo, debía entonces, empezar amando a los cuerpos bellos hasta poder encontrar la bondad en las almas y hacer, a su vez, que éstas participasen de su amor. En aquel momento, el Ser humano sería capaz de ser feliz.

Por Christian Aranda

La Conciencia de lo Eterno

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El ser consciente siempre implicó analizar todo lo existente, aquello que puede ser percibido, tanto elementos tangibles como intangibles. Lo tangible es analizado inmediatamente por los sentidos, luego su esencia, es decir, lo intangible, será entendido de acuerdo a las ideas abstractas que poseamos sobre la cosa. Si bien los sentidos nos ayudan a entender nuestro entorno y la razón de ser de las cosas, no son elementales ¿Cómo interpreta la existencia un ciego?  La caverna de Platón, da una idea sobre este proceso: estamos acostumbrados a tener una idea sobre las cosas que nos rodean, pero muchas veces no podemos saber con certeza cómo son en realidad, pues sólo las reducimos a imágenes; sin embargo, cuando salimos de la caverna, al no limitamos a las imágenes y empezar a ver más allá, podremos percibir lo más cercano a la realidad de las cosas. Pero acostumbrarse a estar fuera de la caverna toma tiempo.

De este modo, el hombre compara la esencia de las cosas con imágenes, sin reducirla a éstas. Puede comparar la suavidad con un pedazo de algodón, la ternura con un pequeño bebé, o incluso, la inmensidad con el océano. Y resulta curioso que estas nociones hayan existido entre nosotros desde siempre, dándonos la posibilidad de pensar en que las ideas o esencia de las cosas son eternas. Por ejemplo, sin la intención de caer en lo poético, el amor puede traspasar límites. No importa el tiempo o el lugar, puede seguir existiendo. Así, el hombre también tiene noción de la misma eternidad. Una comparación usualmente utilizada para describirla es el universo.

Su estudio implica pensamientos grandes. Al examinar algunas propiedades, como sus dimensiones, los elementos menores, como planetas y estrellas, resultan insignificantes. Para comprender el estudio del universo hemos de ampliar nuestro punto de vista hasta abarcar todo el espacio y todo el tiempo. Se puede decir con facilidad que hay miles, incluso billones de cosas, pero esto no solo implica cifras enormes, sino que las diferencias entre ellas son también muy grandes. Por ejemplo, comprender el significado de un millar parece bastante fácil, pero se necesitaría toda una vida para contar hasta mil millones.

Uno de los elementos más grandiosos que el hombre ha podido crear para explicar esta eternidad, es el cero. El cero le permite a los demás números seguir avanzando, así el nueve no es el último número, dando paso a la existencia del infinito. Asimismo, la gráfica del símbolo también representa lo eterno, lo infinito, ya que es un círculo, y los círculos pueden tener infinidad de vueltas. De este modo, el hombre y su vida comparada a estas cantidades, parece no ser nada. Pero al afirmar esto, se estaría limitando al hombre a un aspecto tangible; sin embargo, somos capaces de percibir la eternidad y lo infinito gracias a que somos conscientes de ello, y este aspecto le pertenece a nuestra naturaleza intangible. Entonces ¿qué pasaría si nos atrevemos a  comparar nuestra conciencia con la inmensidad de lo eterno?

Por Jimena Villasante Lajo

Árbol De Libertad

libertad

Ocurrió por primera vez  mientras yacía sentado bajo el jacarandá de la Universidad. Sentía emoción y curiosidad por ser libre. La primera experiencia con la filosofía, surgió acompañada de la promesa de la libertad intelectual. Sabía que podía desplazarme por donde quisiera, hablar como quisiera, pero tenía también la paradójica certeza de que no pensaba libremente. En la Universidad, cientos de estudiantes egresaban con el mismo discurso ideológico en la mente, y también yo. Algo estaba saliendo mal. Por algún motivo, por feliz que pudiera parecer ver a todos pensando lo mismo, ello no me convencía. Por el contrario, comenzaba a asustarme.

Aquel discurso ideológico lo compartían profesores, administrativos, y cada vez más alumnos. Rememorando un poco, era en los primeros años de carrera, cuando aquel contenido doctrinario se concentraba en cada cátedra dictada con la finalidad de alinear progresivamente a los alumnos. Desde luego, la sociedad se mostraba sonriente con tal  institución. Después de todo, aquellos estudiantes que egresaban eran, a criterio de la moral social, profesionales íntegros y humanos. Pero, ¿y qué si no estaba de acuerdo con serlo de esa manera? No sabía si me estaba cerrando o abriendo. Aún no tenía una idea clara. El espíritu curioso se volvía de sospecha hacia aquella institución educativa y sus estudiantes de pensamiento homogéneo.

En una sociedad de moral idéntica, donde lo correcto para uno es también lo correcto para muchos, la libertad individual se confunde entre las decisiones que toma el Ser humano sobre su vida, sin romper con el pensamiento colectivo, y las decisiones tomadas que cuestionan dicha posición. Tan pronto como aceptamos una moral incuestionable, nuestra idea de libertad queda reducida a la marca de ropa que compramos, o al canal de televisión que nos gusta ver. Reconocemos la conciencia moral como conciencia propia. Adecuamos las reglas de todos a las nuestras, sin preguntar, sin cuestionar.

Poco a poco, de manera más continua, observaba en los pabellones de la facultad decenas de patrones idénticos, entre posturas y opiniones, todas versadas por estudiantes y maestros. Los cuestionamientos que me atrevía a formular, aquellos que en un primer momento suscitaban risas e ironías suspicaces, prontamente devinieron en duras críticas a mis opiniones y a mi persona. En menos de un año ya eran varios quienes no se me acercaban y evitaban conversar conmigo. Yo, por otro lado, no sentía haberme vuelto el monstruo que querían creer que era, sino que sólo estaba pensando distinto.

La experiencia de pensar, a veces de acuerdo aunque otras no, acaba por invitar al individuo a investigar más sobre aquello que duda. Muchas de las conclusiones a las que llega no coinciden con la opinión o creencia que muchos tienen y que la sociedad respeta. Un abismo se ensancha entre el sujeto que pregunta y la sociedad que afirma. Aquel Ser humano insatisfecho se vuelve incomunicable a la moral social, que muchas veces actúa inspirada en ideas injustificadas. Esta sociedad adoctrinada, oportunamente, juzgará al sujeto intimidándolo con la más insoportable y absoluta soledad.

Por aquel tiempo, algunos pocos que me escuchaban comenzaron a dudar también. La pregunta dejó de ser graciosa y comenzó a presionar. Lamentablemente, había pasado de ser una espinilla en la frente a ser una herida en el estómago. No obstante, aún a pesar de la diferencia de discursos, yo seguía comportándome como un estudiante más, pasando inadvertido para cualquiera que no me hubiera visto antes, casi no pareciendo que pensaba distinto.

El Ser humano que juzga los males de una sociedad, que critica la ignorancia y la obediencia sin sentido, pronto queda insatisfecha como pensamiento. La libertad tiene que ejercerse. El sujeto pensante, no se terminará de liberar hasta quebrar con las cadenas morales que le atan. Así, el pensamiento del sujeto comienza a materializarse en sus actos. Sus preguntas empapan al cuerpo, lo cubren. El sujeto que sólo incomoda con sus preguntas, de pronto empieza a indignar con su postura. Los miedos de los hombres se reflejan en la actitud de aquel sujeto. Entonces, la libertad querida paga la factura.

Dejé de esconderme, me aparté de aquel árbol que me daba sombra y calentaba. Comencé a meter preguntas en las cabezas de todos, quería verlos dudar de aquello en que creían. Inesperadamente, aquel acto suicida, si bien fue mal visto por cientos de personas, permitió también que unas pocas me encontrasen y yo a ellas. Las reuniones comenzaron, el número de individuos aumentó. Nos persiguieron, nos cazaron, nos encontraron y nos silenciaron cuantas veces pudieron, y aun así, aquí estamos.

Por Christian Aranda.

Los Porqués De Nuestra Libertad

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Cada vez que se experimenta algo nuevo, hay que decidir si continuar con ello o dejarlo. Generalmente, cuando éste está sujeto a sensaciones incómodas, inmediatamente se le rechaza y abandona. Pero cuando llega acompañado de sensaciones placenteras – las que son momentáneas – es más fácil continuar con ello, e incluso darle una nueva y vital importancia. ¿Y qué pasa cuando aquella experiencia inicia con frustraciones e incomodidades, pero es necesario enfrentarla para llegar a un estado de bienestar perpetuo? ¿De qué experiencia estamos hablando? No es otra cosa que la experiencia de dudar: pensar, reflexionar y entender. Ésta es aquella que debe pasar quien esté interesado en buscar la verdad. ¿Por qué es tan importante?

Me recuerdo sentada en el pórtico de mi casa tomando sol como un lagarto, observando atentamente la salvaje y extraordinaria vida de los chanchitos de tierra. Precisamente, no era algo que a mi madre le gustara, pues implicaba mucho lodo y un par de manos y codos grises y raspados. Pero lo que experimentaba al contemplar a aquellos seres diminutos era único. Lo mismo ocurría con los caracoles que lentamente avanzaban por los helechos del jardín; aquellos que movían las antenitas cada que el sol salía, como decía la canción: “Caracol, caracol, saca tus cachitos al sol” ¿Por qué se asoman al salir el sol? No bastaba con escuchar y repetir la canción, tenía que averiguarlo. Así como tenía que averiguar cómo reparar mi pequeño piano electrónico cada vez que dejaba de funcionar, por lo que tenía que recurrir a la caja de herramientas de mi padre y sacar un destornillador estrella para los tornillos más pequeños. Era cuestión de ir probando y acomodar cada ficha que no seguía la lógica de las demás, así encontraba la que desarmonizaba y evitaba que haga mis creaciones melódicas. Hoy me pregunto qué hubiera sido de mí si me hubieran prohibido salir al patio o desatornillar mi piano.

Unos años más tarde, esa curiosidad me llevó a querer plasmar todas las ideas que de ella provenían, es allí donde aprendí a dibujar. Las artes plásticas se transformaron en el medio de expresión más fantástico que podía haber descubierto. Pero en algún momento, esa capacidad indagadora se confundió con los sentimientos mismos que utilizaba para expresarme, sentimientos que no necesariamente eran favorables. Apareció el miedo, la frustración, la angustia, la vergüenza. Poco a poco esos caracoles iban quedando en segundo plano y las ideas que corrían libremente por mi cabeza se ocultaron entre toda esa maraña negra de sentimientos. ¿Qué iba a hacer para darme cuenta de ello y detenerlo? Ya era complicado asimilar todos esos cambios nuevos y repentinos, no sabía que me estaba perdiendo en ellos.

Paso bastante tiempo, tiempo que recuerdo con una nube negra y mucha oscuridad, en el que fácilmente pude haberme convertido en un autómata sin pupilas, que seguía a la gente sin saber por qué lo hacía. Aunque había muchas cosas que me seguían pareciendo molestas y de las cuales intentaba hacer un pequeño análisis, nunca pasaba de las preguntas iniciales. ¿Por qué los caracoles sacan sus cachitos al sol? No lo sé, pero es extraño. Todo se quedaba allí, porque “no valía la pena pensar tanto en esas cosas”, debía hacer mis tareas, salir con amigos o preocuparme por mantener el cuarto limpio.  Aun así, muy dentro de mí, sabía que esa pregunta no resuelta me mantendría inquieta. Fue entonces cuando decidí retomar el pensamiento, y leer era la mejor manera de hacerlo. Pero sólo leía y citaba autores, recordaba el argumento del libro, la personalidad de los personajes y hacía críticas de los momentos más intensos, en los que alguien muere o dos personajes se enamoran. Lo mismo: asuntos triviales que no pasan más allá de una explicación obvia.

De pronto, alguien me recordó aquella pregunta que alguna vez hizo mi existencia más significativa: “¿Por qué?”. ¿Por qué había dejado de preguntarme el porqué de todo? ¿En qué momento los asuntos triviales importaron más que la verdadera razón de ser de las cosas? Las primeras respuestas a esos porqués fueron tan catastróficas como las de un hombre que jamás pisó una escuela. Me sentí tan lejana de la realidad que llegué a sentirme avergonzada: ¡esos asuntos siempre habían estado en mis narices y jamás me interesó verlos! Odiaba la realidad  social de mi país, estaba completamente en contra de toda muestra de estupidez humana, de toda mediocridad y forma de corrupción, pero no sabía explicar por qué, bastaba con responder lo que todos. Bastaba con saber que estaba mal. Cuando no pude explicar por qué nuestra sociedad estaba tan mal, entre tartamudeos, me sentí miserable.

He ahí las primeras sensaciones de esa nueva experiencia: frustración, miedo, molestia. Quería salir corriendo y alejarme de todo eso, desear nunca haberme preguntado el “por qué” de los hechos. Pero no podía, ya había retomado lo que hacía con los caracoles. Toda esa inquietud acumulada durante años, no dejaba que cierre los ojos por la noche. Ningún asunto trivial podía borrar esa frustración e inquietud. Entonces busqué maneras para empezar a responder aquellos porqués. Leer más, más cansancio; tratar de explicar un asunto, nudo en la lengua. No podía hablar, no sabía cómo. La experiencia molesta no tenía cuándo acabar. Mientras más pasitos daba, el yunque se hacía más pesado. Cada dos pasos, retrocedía tres. No podía quedarme allí, tenía que enfrentar aquella inquietud o se haría insoportable. No obstante, de pronto empecé a ver el camino más claro. Conocía más cosas y me era más sencillo relacionar un problema con otro. Sin embargo, aún no tenía una opinión propia, pues sólo repetía aquello que me parecía coherente. Seguía sin preguntarme por qué me parecía coherente.

¿Estaba entendiendo realmente lo que leía? Y si lo hacía ¿cómo formulaba una opinión propia al respecto? Decidí empezar tal como lo había hecho con los caracoles, pero aplicando esta técnica a responder las ideas más complejas de cada concepto. Primero tenía que enfrentar aquel miedo que me impedía arriesgarme, incluso, a pensar diferente. Fue entonces cuando sentí en carne propia, la mediocridad con la que había estado viviendo: yo misma me engañaba pensando que todo lo que había conseguido, lo había hecho con mucho esfuerzo. Mi consciencia sabía que no había dado el 100% y, muchas veces, había sido la suerte la que me dio los empujones que debí haber logrado con empeño. Pese a la terrible experiencia de enfrentarme conmigo misma, ya era consciente.  Si podía formular una opinión verdadera sobre mí, ya me sería menos turbio poder hacerlo sobre ideas externas. Fue un concepto abstracto el que elevó en mí aquel coraje naciente. Un concepto que me estaba diciendo lo importante que era luchar por la verdad para poder vivir, existir. Y solo pude entenderlo siendo consciente de su significado.

Así decidí arriesgarme a abstraer ideas más complejas, tomándome, si era necesario, la mitad del día en analizar una sola. Al principio avanzaba lentamente, pero gracias a ello pude construir una base más segura. Así reafirme el importante significado que las tortugas tienen para mí: ellas avanzan con paciencia, lentamente; cargan un gran peso sobre sus hombros, pero ese peso es su propio soporte, su protección, su fortaleza. La consciencia, el conocimiento, la búsqueda de la verdad, nos hace libres. Podemos ejercer nuestra libertad siendo conscientes de todo lo que nos rodea, teniendo un amplio panorama de opciones para elegir. De esta manera, iremos construyendo nuestra propia fortaleza, nuestro propio caparazón.

Por Jimena Villasante Lajo

Una Vez Fui Esclavo

b

Estoy totalmente incomunicado con el alma. Luego de leer tanto tiempo sobre filosofía, he llegado a la frustrante conclusión de que apenas he alcanzado comprender las nociones ya antes conocidas. Por mérito propio he encontrado respuesta a ciertas cuestiones y, no obstante, parece que sólo estuviera repitiendo lo que todos ya han pensado sobre ello. He comenzado a dudar sobre nuestras posibilidades de avanzar un paso más. Hemos vivido siglos cuestionando lo mismo, y tras cada muro que rompemos, uno más alto y sólido nos reta.

La mente se angustia ante la ausencia de respuestas. Las dudas inquietan al corazón, estimulan el insomnio, el mal humor y quitan el hambre. Entre más cuestiono, más aislado me siento. No me alejo físicamente, sino en otro sentido. Soy capaz de reír y compartir con gracia las experiencias de otros y las mías. Puedo bailar y conversar de tonterías, pero en lo más íntimo e individual de mi persona, soy consciente que nada de ello es verdadero. Luego de una hora de recreo, la realidad comienza a pesar.

Escucho las palabras, pero no estoy seguro de qué dicen. La experiencia de aquellos con quienes converso, a menudo es tan distinta, que no dudo que aunque conversemos en el mismo lenguaje, en realidad no nos decimos nada. Empiezo a pensar que realmente no podemos asimilar el diálogo. Nuestra propia individualidad nos obliga a entender ciertas ideas sólo a luz de nuestra propia experiencia. Por mucho que lo deseara, sé que no soy capaz de ser empático. Sólo soy testigo de mi experiencia, por lo que sólo puedo hablar a partir de ella.

Entre toda esta tormenta existencial, el síntoma de la pereza universal retoma mayor fuerza. Es tan difícil alcanzar un conocimiento de lo importante, lo trascendente o lo perfecto, que la sola idea de enfrentarse a comunicar tales resoluciones, termina de agotar a la mente. Estrellarse a diario con la individualidad de otro Ser humano resignándose a que, a menos que comparta tu experiencia, no podrá entenderte tal y como lo deseas, enferma al ánimo de conversar. Entonces, uno se va volviendo perezoso.

Vuelvo a ver a mis amigos conversando de absolutamente nada relevante. Abstrayendo tan poco en lo dicen, sometiendo el diálogo a lo concreto, que pienso: no se ven tan mal viviendo así. Lo material, lo superficial no exige esfuerzo; es palpable a los sentidos. Es sencillo de comunicar. La probabilidad de que todos entendamos cosas tan elementales, en efecto, parece más factible. No piensan mucho en lo complejo, en consecuencia, su diálogo es sencillo. Lo que buscan está a la mano, sus dudas tienen respuestas alcanzables.

Una amiga me ha invitado a asistir a su Iglesia. Me dice que pensar demasiado puede hacerle daño al hombre. Que las respuestas que busco están resueltas, tales respuestas se encuentran en un texto; dice que me conviene acompañarla. Me aconseja que lo intente; está segura que sólo así dejaré de dudar. Decido aceptar la oferta. Me siento tan angustiado e incomprendido que apenas resisto una conversación. Estoy amargado; soy un pobre diablo que no se deja entender ni entiende a nadie.

Acepto la religión. Acepto sus respuestas. He vuelto a sonreír. Otra vez converso. Son millones de personas las que viven día a día de esta manera. Con ellos puedo charlar. Me pongo en pie y canto. Muchos me observan con sorpresa y alegría. Me he unido a ellos. Los acepto y me aceptan. Ya no dudo. Ahora creo. Siento dicha porque puedo compartir una pizza, una película y la música con otros. Me estoy enamorado de aquella amiga que me invitó a la Iglesia. Tiempo después la hice novia. Estoy enamorado.

Aquella noche le hice el amor en su cuarto. Al término, las cosas no fueron lo que hubiera esperado. Ella se sintió culpable, y me culpó a mí también. Sostuvo que lo que hicimos fue apresurado, que los catequistas sugerían esperar hasta después del matrimonio. Comenzó a gritar que había perdido la pureza por mi culpa. Y yo, confundido y desnudo, quise abrazarla y disculparme, pero ella se opuso. He caminado durante horas. Su celular está apagado. Me angustio. Me desespero. Y entonces, sólo entonces, una sombra del pasado le pregunta a mi cabeza, ¿por qué es pecado?

Dos horas después me olvidé de ella. Comencé a preguntarme cómo fue que llegué a aceptar sentirme culpable por tales actos. Una cuestión llevó a la otra y así, hasta las dudas me abrumaron. Sentí miedo por ello. Tomé el celular y busqué un oído amigo al cual llamar. Desdichadamente, todos mis amigos pensarían igual, por lo que todos me remitirían a lo mismo. Siento como si otra vez anduviera solo.

La noticia ha corrido pronto. Quienes me hablaban ya ni me miran. Con indirectas me sugieren renunciar y tomar distancia de mis amigas. Aquellos que antes me recibieron con abrazos, se han puesto a la defensiva. El fantasma de las navidades pasadas me susurra una palabra, algo incómoda y compleja. Y aunque ya no quiera pensar en ello, es inevitable hacerlo, ¿soy libre?

Varias de las respuestas que últimamente creí ciertas, nunca las descubrí por mí mismo. Sino que las acepté de otros. Fuera por desesperación o debilidad, le entregué mi subjetividad a otra persona, quien ahora tiene suficiente poder sobre mí como para hacerme sentir tan miserable y culpable. Pero, no sólo soy yo quien ha entregado su subjetividad. Aquellos millones que en un tiempo me regocijaron, hoy no puedo no observarlos como víctimas que al igual que a mí, les ha sido arrebatada su propia libertad. Aquellas y aquellos que me juzgan, no lo hacen a partir de sus palabras, sino de una creencia que se les ha impuesto. Es tiempo de renunciar a esto, y aunque me aterra no saber a dónde ir, cualquier duda es mejor que una mentira.

Soy consciente de que sólo he dado el mismo paso en la existencia que otros pocos ya dieron. Sin embargo, el diálogo superficial debe parar. Sé que de momento estoy solo, pero también entiendo que he vuelto a ejercer mi libertad. Tengo que encontrar la manera de liberar  a otros de ese poder que les niega la verdad. Algunos conocidos me exigen tolerancia y respeto a sus creencias. A instantes freno y dejo de hablar. Entonces, nuevamente entiendo que no debo detenerme. Que sin darse cuenta, todos aquellos que me observan con hostilidad, sólo están protegiendo sus cadenas. Aun así, contra su voluntad y con el riesgo de ser vituperado el resto de mi vida, he de liberar a todos cuantos pueda.

Por Christian Aranda